Rutina

Ayer fui a Lago Tanganica 67 a dejar un montón de ropa que estuve juntando desde la segunda semana tras el temblor.  Primero vacié mi clóset bajo la regla de la familia: si no lo has usado en 6 meses, si te lo pones dos veces al año, entonces no lo necesitas. Agregué una regla nueva: si cuando te lo pones tienes que sumir la panza, entonces no lo necesitas.

Como tengo la espalda fregada y como en realidad jamás he usado tacones, me deshice de los únicos dos pares que tenía; los conservaba por tonta, porque asigné en esos objetos los recuerdos de esas épocas, de esos momentos.

Tenía tres juegos de sábanas. Pos uno va para afuera, ni modo que use los tres al mismo tiempo. Que si una cobija de más. Así estuve. Luego mi amiga Steph hizo lo mismo. Luego le pedí ayuda a mis amigos, trajeron cosas. Y me llevé todo a la tintorería y lo puse guapo porque siento feo que la gente que no tiene nada reciba nuestras cosas, que aunque van con mucho cariño, no están nuevas; si quiera que se sintieran recién salidas de la tintorería.

Llegamos Steph y yo a Lago Tanganica 67 y había un letrerote: “Ya no recibimos ropa”. Se nos rompió el corazón y un par de bolsas con el susto. Por fortuna estaba ahí un camión que estaba a dos para irse a Chiapas, y nos ofrecieron meter las bolsas ahí. Abrieron las puertas y casi se viene un colchón. Sentí rebonito. Ayer Steph y yo, y toda la gente que donó ropa fuimos parte de un esfuerzo que debe ser rutina.

Una cosa es que haya temblado y se haya hecho evidente que mucha gente no tiene nada; la realidad, la normalidad, es que muchísima gente no tiene nada y a nosotros, la legión del wi-fi (como me gusta llamarnos a los privilegiados que tenemos casa, comida y por supuesto, internet), tenemos todo.

Hay gente que está comenzando con iniciativas de adoptar una familia hasta reconstruir su vida. Hay gente que está escribiendo y reporteando sobre todos los casos que no se vieron, lo abandonada que tenemos a Coapa en la memoria de los derrumbes, por ejemplo. Hay gente que está juntando dinero, otras que ofrecen sus servicios gratuitamente.

La normalidad es un estado pasmoso de la sociedad, donde hemos dejado que exista y se propague la violencia y la desigualdad. Prefiero la rutina, donde cabe siempre la posibilidad de pensar en el otro y ayudarnos todos.

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