De vuelta al ruedo

Desde hace casi un año, todos los sábados, me despierto, limpio la casa y me voy a Cachito Mío. Paso la tarde allá con Patricia, Alejandro, Megumi, Mich y Kira. A veces se aparecen otros amigos. A veces no.
 
Me inventé esta rutina para obligarme a convivir, para obligarme a escuchar el ruido de la gente, las peticiones inesperadas de los clientes. Eso me ha ayudado a hacer otras cosas: atravesar la Glorieta de Insurgentes, ir a un Centro Comercial, al cine, a la tienda de los esmaltes, al tianguis COMPLETAMENTE SOLA. A veces he ido al centro con la ayuda de mi sisterno Bernardo.
 
Hoy de plano no pensaba ir, y lo decidí desde el jueves porque fui al super, de la mano de mi nana (como niña de 3 años) y regresé hecha mierda, como si un camión me hubiera atravesado. Entonces, decidido está que no voy. Y todo cool, ¿no?
 
Ajá.. Pos nada, la culpa no me dejaba: “Si no vas, otra vez te vas a quedar encerrada como cuando se murió tu papá. ¿Neta quieres otros 8 meses viviendo en la recámara? ¿Neta de nada ha servido? ¿Así quieres escribir un libro sobre depresión? ¿Cómo se supone que vas a promoverlo: con citas por Skype?”
 
Y entonces me vestí, y me puse la mochila y no podía cruzar la sala. No saben lo jodido que se siente no poder cruzar tu propia sala. No es como si el suelo fuera lava.. es como si tú te desparramaras en todos lados sin poder recomponerte.
 
OK, conseguí pasar la sala. Y estaba parada en el quicio del pasillo de la entrada y no podía. Y me empezaba a faltar el aire. “Pide el Uber. Pide el Uber. Pide el Uber. Es más, escríbele a Paty y dile que ya vas, dile que vas y así no puedes echarte para atrás, porque qué vergüenza”. Y eso hice. Y Paty, como todos mis amigos, como Annie, como Diego, como Marianita, no me presionan por hacer algo que para ellos es simple (Bueno, para Annie es igual de complicado, entonces ella y yo hablamos el mismo idioma). No me dicen con facilidad: “tú puedes, claro que es fácil”. Me dicen: “Haz lo que más te convenga. Hay estas ventajas si te quedas y hay estas si vienes. Y yo te acompaño todo el tiempo. Y yo estoy aquí”. 
Conseguí abrir la puerta del departamento y se me salió un crujido del pecho. Y no pude contener el llanto. La reja. Me temblaban las manos. Oí pasos y la peor de las personas se apareció: la mujer que limpia el edificio que le encanta gritarle a la gente y pegarle con la escoba a los coches. “No la veas, no la veas, no la veas, no está”. Bajé las escaleras aterrorizada porque seguro me iba a caer y seguro un escalón me iba a quedar en la mordida de la boca y me iba a romper ahí mismo. No pasó. Caminé hacia afuera. Había muchísima luz. No podía ver bien. Abrí la primera puerta, más llanto. La segunda. Aparecieron los vecinos que nadie conoce porque un vecino decidió hacer Airbnb su depto y ahora siempre hay desconocidos con llave en mi edificio. Llegó el Uber, caminé al coche pero quería correr y no me salía. Me metí y lloré más rato. Pobre del chofer.
En cuanto llegué a Cachito me escondí en la cocina. Kira me limpiaba la cara y me abrazaba. Entonces me abrazaron los demás y se fue pudiendo. Unas dos horas más tarde pude respirar.
Es mi rutina. Es mi casa. Es mi calle. Es mi trayecto. Es mi gente. Y aunque duela, aunque pesen los brazos y no los pueda levantar, aunque se me haga un nudo en el estómago y me hiperventile y me duela el pecho, no voy a perderlos.
Hoy se pudo. Mañana será otro día.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s