Es lo que hay

shutterstock_400647463Cuando decidimos que el dinero era la forma de intercambiar servicios por productos, lo que se jodió es que al ofrecer servicios, quien los provee se vuelve adicto a calificarse a través de la cantidad que tenga en su cuenta bancaria. Y la mía anda de un grosero… es como si al saber cuánto tengo me gritara: ¡inútil!

Cada quién sus traumas… y el mío tiene que ver con haber escuchado durante décadas: “Estás super chiquiada. Te tocó fácil, nunca has sabido lo que es ganarse la vida. Eres una malcriada”.

Me tocó nacer en una época en que mis padres tenían dinero, nunca faltó nada de comer, y siempre hubo lujos. Así que “me tocó fácil”. Mis papás estaban “viejos y cansados” así que no me tocaron golpes y por lo tanto “estoy chiquiada”. Mi papá me dijo que necesitaba conseguirme un trabajo, porque es lo que tocaba hacer a los 14. Fui vendedora en el Woolworth que estaba en Reforma entre el Colón y Cuauhtémoc. Todos los días regresaba agotada, era demasiada la tensión de lidiar con gente, de ser social. Pero como yo era una malcriada, chiquiada, que no le cuesta vivir, no sabía que lo que me pasaba eran pequeños ataques de ansiedad y los asumía como mi malcriadés.

Entre que se murieron mis papás y que mis hermanos dejaron de ser cotidianos y nos “alcanzamos” la edad (es muy diferente que mis hermanos en sus 20 tengan una hermana de 3 años, a que ahora yo tenga 40 y ellos 50 y muchos) el reclamo de ser malcriada se me fue olvidando, pero el que siempre me quedó es el que tengo la “vida fácil”.

Y claro que la tengo. Hoy desayuné: huevos con tortillas, café, pan dulce. No lo hice yo, lo hizo mi nana. Todo el tiempo tuve que pelearme con los gatos y las perras porque querían su mochada. Esto sucedió mientras escuchábamos el radio porque ayer se rompió el estéreo donde poníamos un iPod viejo -vaya, se rompe algo, y tengo con qué sustituirlo. Claro que tengo la vida fácil. Hay comida, hay dónde dormir, hay croquetas, hay trabajo. ¿Entonces por qué chingados me siento inútil?

Pues porque el dinero que recibo por el trabajo que tengo, no alcanza para cubrir las necesidades con las que me comprometí. Y no es que sea poco dinero, es que tengo poco trabajo. Vaya, la sub-industria de Social Media sigue con sueldos de hace 8 años, cuando empecé a cobrar por hacer posts en Facebook. El sueldo base sigue siendo 8 mil pesos en una oficina, 7 mil pesos por una cuenta pequeña como freelance. Como si tener conexión a internet no costara más que hace 8 años, como si no hubiera aumentado el costo del café, como si los community managers no necesitáramos pagarnos certificaciones y cursos para mantenernos al día.

Cada que abro mi estado de cuenta no pienso en que la realidad económica de mi país es injusta, qué digo de mi país, ¡de los clasemedieros del mundo! Cada que veo mi estado de cuenta no veo números, lo que leo, dice fuertemente: “Eres.Una.Inútil”.

Ayer, por que la vida me quiere chingos, porque “la tengo fácil”, vino a verme una mujer que me quiere y a quien quiero mucho. Esa mujer tiene un sentido del humor enorme, y una profundidad emocional que a ella misma le asusta. Pasamos unas cinco horas mal hablando de la Humanidad, tratando de encontrar la manera de que la gente entienda que no somos felices, y que así somos, que no hay mucho qué cambiar. Que lloramos porque nos desespera no poder disfrutar las cosas como vemos que las disfrutan los demás. Que quisiéramos saber qué estamos haciendo con nuestras vidas (ella a sus veintimuchos y yo a mis cuarenta). Que hacemos lo que hacemos porque no sabemos a dónde más ir. Que podemos seguir haciéndolo. Que no, ni a ella con un sueldo fijo y prestaciones y a mí con mis cuentas y clientes, nos alcanza. Que ambas nos sentimos sin propósito pero que pues… ¿es lo que hay, no?

Cuando entro en crisis, cuando ando deprimida, cuando me descompongo, mucha gente propone sacarme a pasear (lo hacen porque no tienen idea que tan sólo pensarlo me hace sudar de nervios); me mandan links a películas con mensajes de superación personal, o memes con el mismo propósito. Nada de eso sirve. Debería, pero no sirve. Cada que veo como alguien más es feliz, cómo consigue lidiar con sus problemas y salir adelante, me siento más inútil que antes. Descubro cómo, aunque intenté lo mismo que los protagonistas de las historias que me presentan, fracasé a lo grande.

 

Hoy sonó el despertador para avisarme que era hora del Prozac. Y en vez de ignorarlo como he hecho los últimos tres días, me levanté, estiré las piernas, me destapé, me puse los pants, las chanclas, y salí al comedor. No lo pensé. Nomás lo hice. No sé cómo voy a estar el resto del día. Y no hay muchas maneras de que la economía nacional o global cambie (acabo de oír un anuncio en el radio, de un partido político que dice algo como: “por cada político corrupto, hay miles de familias honestas”; y grité; ¡EXACTO! Ese es el pedo. Cada político corrupto tiene su tajada de familias a las que jode y exprime).

No sé si mañana tenga las mismas “ganas” que tengo hoy, pero hoy me levanté a la primera. Es lo que hay.

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