Prozac, prolactina y recaídas

Cuando hace 8 años llegué al Nacional de Psiquiatría a pedir consulta, aclaré que antes de que me mandaran medicinas, necesitaba que me hicieran estudios de todo: azúcar, riñones, hormonas, electroencefalogramas. Quería evitar que me medicaran por algo que se enmascaraba con depresión… Ja. Creo que no he vivido un sólo día de mi vida sin depresión, pero siempre tienes la esperanza de que no la tengas. Si esos análisis decían que yo tenía algo más, tal vez, con la medicina adecuada, podría liberarme de todo lo demás.

Me mandaron hacer análisis hormonales, hepáticos y un electroencefalograma que fue horrible (era la época en que yo probaba coches, y tuve que salir a las 5 am, del Angel de la Independencia a la zona de hospitales en el sur de la ciudad, sin haber dormido una sola hora en un BMW, serie 3, blanco. Seguramente si eso hubiera sucedido hoy y yo hubiera chocado y me hubiera matado, me acusarían de imprudente y poquito a poco irían encontrando la manera de culpar a mi vida sexual y mi condición de mujer por haberme estrellado. “Ya ven que la histeria es eso que le da a las mujeres. Lo dijo Freud”).

Los resultados del electroencefalograma revelaron que tengo una “disrritmia paroxistica en el lóbulo parietal frontal izquierdo”, palabras rimbombantes para explicar que, una cuarta parte de mi cerebro es Luz y Fuerza, y las otras tres cuartas partes son la CFE. Me mandaron una medicina para evitar la irregularidad y listo. Tres meses después yo seguía deprimida. Ya no oía ruidos inexistentes, ni tenía terrores nocturnos, y el contorno blanco que la gente solía tener, desapareció. Pero yo seguía deprimida.

Entonces mandaron Prozac. Las cosas mejoraron. Hubo que ajustar la dosis con el tiempo y mandar otro medicamento, pero la verdad es que desde que mandaron el Prozac la vida fue menos complicada de vivir.

Sin embargo…

Este es el tercer año consecutivo que, entre abril y agosto, tengo una recaída. Y los factores que acompañan la recaída suelen ser los mismos: falta de empleo, falta de dinero, falta de oportunidades. ¿Será que mis recaídas no forman parte de la distimia que tengo diagnosticada si no de la naturaleza de la economía? Es en estos meses cuando la mayor parte de la población anda corta de dinero. Quienes tienen una quincena, empiezan a pagar todos los compromisos que contrajeron a meses sin intereses para celebrar las fiestas de fin de año; quienes no la tenemos, empezamos a extrañar los pagos regulares de los clientes que conseguimos tener o comenzamos a recibir notificaciones de cierre de contrato por falta de presupuesto.

El dinero es esa herramienta que inventamos para simplificar el trueque… nomás que en el camino complicamos todo y terminamos valuando nuestra habilidad de supervivencia en un tabulador de empleo.

Por ahora, sólo queda atender abril, que como todos los anteriores llegó con novedades médicas, porque cuando hay recaídas y recesiones, también, invariablemente, hay novedades médicas. La de este año: estoy alta en prolactina; la hiperprolactimia provoca ciclos menstruales irregulares y cambios de humor, incomodidad, malestar y mil chuladas más. Sucede en casi todas las personas que tomamos antidepresivos. ¿Se imaginan la ironía? Los ingredientes activos de los antidepresivos provocan que la prolactina aumente, y eso incrementa el mal humor, la incomodidad, los cambios de ánimo. Te traicionan las hormonas. Te traiciona el sistema económico. Te traiciona el calendario. Y el Prozac. Por encima de todos, el Prozac.

Hoy no tuve ganas de salir de la cama. No las encontré aunque mis gatos maullaran porque querían agua fresca o croquetas. Me quedé en la cama torturándome con la idea de lo mala dueña de gatos que soy, en cómo dejo que mis miedos me dominen y no soy capaz de levantarme de la cama para atenderlos. Me quedé dormida y soñé con mi madre, con que quería ir al entierro de mi tío Amado, y yo, por alguna razón me ofrecía acompañarla aunque no quería ir. Mi madre entraba a mi recámara y movía mi cama, quitaba las cobijas, se acostaba en ella y hablaba con mi papá (mi padre murió en la recámara donde yo hoy duermo, y a mí me causa exactamente nada, pero a veces a la gente le impone esa coincidencia. Ni modo, es la recámara más grande, alejada de la calle y se duerme bien).  Conforme mi descontento por ir al funeral crecía, mis gatos aparecían en escena, y entonces una de ellas tenía una herida en la panza y una tripita se le salía por ella. Yo conseguía volverla a meter y calmar a mi gata, y trataba de explicarle a mi madre que no podía ir con ella, que tenía que ir con Rafa mi veterinario, para atender a Allana.

Ese sueño terminó y luego me encontré haciendo una lista de razones por las que era más práctico morir que estar despierta. Así: morir que estar despierta. Como si soñar no sucediera mientras estás viva; o como si dormir fuera igual que morir.

Me levanté de la cama y descubrí que mis gatos estaban afuera de la puerta, esperándome. Empezaron a maullar, a recorrerme las piernas. Mis perras brincaron como si no me hubieran visto en años. Tenían agua y croquetas, no les hacía falta nada. Sólo estaban felices de verme.

Me hice de tantos animales para obligarme a salir de la cama. A veces, cuando tengo recaídas, no lo consigo. Pero llegará agosto. Y volverán a caer clientes. Y volverá a haber dinero. Y dejaré de tener pesadillas.

 

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