Extraño

Extraño su voz.  Su olor por las noches. Extraño su aliento y su mano exigiendo la mía cuando caminábamos por la calle.

Extraño tu sonrisa, tu pelaje, tus ladridos cuando llegaba a casa y tu forma de meterte en el pleito de los demás. Extraño tu panza caliente sobre mis pies.

Extraño mi fuerza, mi agilidad, mi atrevimiento.

 

Todo eso viene de un verbo que confundo con otra palabra que jamás me ha pertenecido porque los otros la usaron para etiquetarme durante muchos años; cuando tenían miedo de decirme “rarita”, preferían “extraña”; supongo que les sonaba mejor, les aligeraba la culpa.

 

Extrañar es un verbo que nos hace vivir en el pasado, cobijados de la nostalgia… y es tan seductora la imagen. Extraño es un adjetivo con el que a veces identificaba mi imagen en el espejo, mi voz en mis oídos, mi tacto sobre alguien más; es ese momento en que sentía que otro se apoderaba de mi cuerpo, uno más de mis emociones, otro de mis ideas, y lentamente yo quedaba de espectador en un circo de tres pistas donde jamás podría disfrutar el espectáculo. Extraño es un sustantivo con el que califico a la mayor parte de los seres vivos que viven a mi alrededor, pero que lentamente se van volviendo conocidos.

 

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