¿Quién soy? ¿A qué chingados vine?

Publicado originalmente en Apolorama, el 16 de julio de 2015

Me encontré esta ilustración en Facebook. Quien la compartía escribió en su post: “Crisis”. Palabrita recomplicaa’

Me di cuenta que no supe contestar, que no sé decir en una palabra cuál es mi propósito. Y a lo lejos, escuché un reclamo que tiene más de 20 años.

Corría el año de… 1990, o por ahí, cuando mi madre me regañaba en tono reclamatorio: “Tienes que encontrar algo que te apasione. No es posible que nada te guste, que nada te haga feliz”.

No quiero aclararles la cantidad de respuestas a mi favor que podría haber emitido, entre ellas que en 1990 no estaba diagnosticada y no tomaba las medicinas que hoy me hacen un ser bastante más funcional de lo que era a mis 14, edad en la que según mi madre, tendría que haber tenido claro qué quería de la vida, qué me apasionaba, qué me hacía feliz. (Hola, soy María, cumpliendo con estándares absurdamente altos desde 1976).

La verdad es que nunca he sabido qué me apasiona. Se los digo a calzón quitado (cosa que tampoco me apasiona). Mi papá era periodista, famoso, influyente, en una época en que ser periodista todavía no era una profesión donde seguro cobrabas por tuit, si no un oficio de ser curioso y escribir sobre las conclusiones.

Mi madre era académica. Estudiaba todo el día, daba clases el resto. Cuando no estaba pegada a los libros, estaba pegada a la máquina de coser. Mi madre conseguía hacer de cualquier trapo una obra de arte funcional.

Mis hermanos, que por la cantidad de años que me llevan son como mis tíos, son todos inteligentes y listos y productivos y wow. Tengo una hermana educadora y empresaria (solita ha mantenido un kínder en Coacalco y ha educado a más de 25 generaciones de niños); tengo otra que desarrolló el programa de educación rápida para ejecutivos que necesitaban hablar inglés en fa; lo hizo para Interlingua, y bueno, evidentemente tiene muy buenos resultados.

Tengo otra hermana que decidió que iba a mantener a su familia mientras era mamá y administraba una empresa. Pum, lo hizo. Mi hermano decidió que quería ser gringo, luego que quería ser famoso. Las dos cosas las hizo y es muy gringo y muy famoso. Sale en la tele y todo. Vaya, su perro es famoso.

Yo salí… chueca. Yo no quería ser mamá. No quería ser periodista (en mi percepción, los periodistas eran señores de traje que se hablaban solemnemente y estaban siempre borrachos); no quería ser maestra porque los alumnos siempre decepcionan; coser está padre, pero no para toda la vida.

No quería ser nada. Quería meterme en mi clóset, acariciar un tramito de rayón color morado con florecitas naranjas y quedarme dormida. Quería que el sillón que se convertía en un triángulo, siempre fuera mío, que yo siempre pudiera estar ahí abrazada por él. Quería comer chocolate con menta. Quería que nadie hiciera ruido.

¿Qué se hace con eso? ¿Cómo se come con esas ambiciones?

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Los años pasaron, evidentemente siempre fui niña de papi. La depresión siguió trabajando sus raíces dentro de mí y yo no tenía herramientas, ni un sistema de gente que me ayudara a salir. Todo era paliativo.

En lo que eran peras, manzanas, periodista o maestra o costurera, mi padre me dijo: “Ya tienes 18, ve a sacar tus recibos de honorarios y en la tarde empiezas a trabajar como mi asistente”. Damn. Se los juro que desde los 18 hasta los 25 que eso fue así, jamás me sentí más presionada en mi vida, no ha habido un trabajo donde se me haya exigido más, donde se me haya presionado más, y al mismo tiempo, donde la tuviera más segura.

Papá necesitaba que yo hiciera cosas básicas, contestar teléfonos, transcribir grabaciones, redactar pequeñas notas, entregar papeles en otras oficinas. Pero eso sí, que lo hiciera todo con perfección inglesa. Y si no sucedía así…

Imagínense el peor regaño laboral que han recibido en sus días. Ese que los dejó con la lágrima en el ojo y el estómago hecho un nudo. Muy bien. Ahora imagínense que ese regaño se los dio su padre, que ustedes tienen 18 años y no tienen ganas de vivir, pero saben que suicidarse no es opción, porque no hay método perfecto para hacerlo. ¿Ya? Bueno, esa era yo de los 18 a los 25.

Mi rutina era: Clases del Teachers (porque que de algo sirva que seas bilingüe… vaya, por si un día no tienes de qué comer, si quiera que des clases); trabajar con mi papá de 9 a 5. Llorar las horas restantes.

Un día mi papá me robó una carta que le escribí a un novio. La carta era un cuento, inspirado en un castillo de pasta que me regaló el novio. Papá se la llevó al entonces presidente del Excélsior. El entonces presidente del Excélsior se la dio al entonces editor de la sección cultural. El entonces editor de la sección cultural la publicó.

Recibí una llamada del presidente del Excélsior, que me conocía desde bebé, y me dijo: pues ahora necesitas publicar uno de esos todas las semanas.

The horror. El apocalipsis. Todos. Vamos. A. Morir.

Entiendan esto: yo me percibía como una asistente mediocre, una hija mediocre, un ser humano hecho a medias al que se le exigía ser absolutamente perfecto. Mal pues. Ante mis ojos todo era la muerte.

Me entró tal pánico, que busqué donde convertirme en escritora de cosas literarias (porque yo sólo sabía escribir notas de finanzas para una revista especializada), y me inscribí en SOGEM. No había leído nada que no fuera técnico, filosófico, sociológico, político. NADA. García Márquez era un rumor.  Era un señor con quien mi papá se había tomado una foto. Porque los dos eran famosos.

Llegué a SOGEM y Alejandro Cessar Rendón me preguntó ¿y qué te gusta leer? ¿qué libros compras? Y literal contesté: creo que el diseño es importantísimo. Juzgo los libros por sus portadas.

¿Ya se murieron de vergüenza de mí? Gracias.

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Algo bueno vieron en mí, Alejandro y José María Fernández Unsaín, que me dejaron quedarme. Y quién sabe qué buenos modos vieron en mí Arrigo Cohen, José Antonio Alcaraz que prácticamente me adoptaron para quitarme lo bruta.

Tres años después me gradué de SOGEM. Mi papá, por primera vez en su vida, pagó un viaje al extranjero (los periodistas siempre viajan, pero rara vez pagan), y me llevó a Nueva York con mi sobrina-hija.

Ya era escritora, ¿no? Escribía en Excélsior y publiqué en una compilación y me hablaron de una editorial para agregarme a una colección de poetas. Y como en todo, había gente que decía que obvio yo era mala, maleta, mediocre, que me iba bien porque mi papá, porque José Antonio; o que era buena, pero más o menos; o que era una cosa reveladora, que no jodas, que qué impresión.

¿Saben qué me decía yo? Bueno, pos ya conseguí algo que puedo decir que soy. “Hola, soy María, soy escritora”.  Tenía 25. Ya me sentía menos perdida.

Entonces se murió mi papá. Y se acabó el trabajo. Y se murió José Antonio, mi madre putativa, mi mentor y mi otro trabajo (fui su asistente también; otro benchmark imposible de cumplir). Ese evento se conoce como: “Cayó un meteorito en el Mérida de mi vida”.

Entre miles de cosas horrendas que pasaron, me encontré 8 meses encerrada en una habitación en el departamento que sabiamente mi padre me heredó, porque “la niña igual y no sabrá cómo mantenerse, hay que protegerla”.

¿Y cómo ibas al baño? Me preguntan siempre. Está a dos pasos de la recámara. No hay pierde. No comía a menos que alguien viniera a casa y entraran en mi locura. Si no me suicidé es porque tenía a Kika, la típica cruza de maltés y poodle, también herencia de mi padre. Si yo no estaba, nadie la cuidaría.

Un buen día, alguien que conocí en SOGEM y que ahora trabajaba de sub editora en Líderes Mexicanos me ofreció escribir para ellos. Y así comenzó la salida de la era glacial. Oficialmente me ganaba la vida escribiendo.

Escribir sobre otros siempre ha sido muy gratificante. Entrevistar gente que está orgullosa de sus proyectos (en Líderes siempre pedí que jamás me pusieran enfrente de políticos o de personajes medianamente shady), es una de las tareas más satisfactorias del mundo. Recuperé la enorme capacidad que tengo de mantener el diálogo con un interlocutor. UNO. Más que eso me pongo mal.

Así me mantuve, escribiendo. Y luego de 9 años haciéndolo, llegaron las agencias de publicidad a mi vida. Por culpa de PataPirata había aprendido a hacer marketing cuando en mi vida había oído la palabra.

Resulté buena promoviendo animales en adopción, y por alguna razón, la industria de la publicidad vio en eso, y en mi capacidad entrenada para escribir, la opción a lo que en ese momento estaban buscando. Aprendí qué es ser copy (nunca aprendí a ser uno, pero entendí al fin la definición). Un día dijeron que era Social Media Planner y ya todo era demasiado confuso para mí.

Ayer, tratando de entender cómo es que acabé en una industria que se dedica a crear la sensación de necesidad de gastar (porque aunque le llamen “arte” a los anuncios y “creatividad” a las ideas que sirven para vender, no son arte, y forman parte de los males culturales de la humanidad) me quedé pensando en que acabé aquí porque nunca supe qué quería hacer y simplemente me puse a hacer algo para lo que servía.

Hoy cobro por crear publicaciones de redes sociales. Cobro por escribir, a veces, ya cada vez es más raro, pero a veces pasa. Cobro por dar clases de esto que se supone que sé hacer. ¿Pero qué me apasiona?

Me apasiona sentirme conectada con alguien. Me apasiona compartir un pedazo de chocolate con tocino y hacer unos ruidos inexplicables cuando como cheesecake con baklava. Me apasiona tomarle fotos a mis mascotas. Me apasiona, me emociona, me ruboriza, me recupera, me tranquiliza, me centra, me conmueve que digan que escribo increíble, que son mis fans.

Entonces, tomando en cuenta el dibujito este que dio pretexto al chorizo de texto que ustedes tan atentamente me están haciendo favor de soplarse, ¿cuál es mi propósito?

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  • Amo amar. Amo apapachar. Amo lo que se siente amar.
  • Soy buena escribiendo. Soy buena encontrando razones y trasfondos más allá de lo evidente.
  • El mundo necesita mil cosas, y yo soy buena sobreviviendo benchmarks imposibles.
  • Me pagan por hacer posts en Facebook.
  • Si algún día inventan una red social, una app, un algo no intrusivo que me permita, a través de un texto y una foto de mis mascotas, hacer que alguien se sienta mejor, y que yo cobre por eso… habré encontrado mi propósito.

Wait a sec….

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