Parece que no, pero todavía no me sé defender

Tenía unos 13 años. Andaba en bici en la Juárez, que era una colonia más o menos nice, más o menos ignorada. Iba pegada a los autos y no muy rápido. Un hombre que venía caminando por la carpeta asfáltica, se fue acercando a los autos en dirección hacia mí. Yo pensé que se subiría a la banqueta. No lo hizo. En vez de eso, levantó la mano y puso sus dedos en mi pezón. Yo no pude detenerme, o gritar, o quitar su mano. Me seguí y dos cuadras después empecé a llorar. No supe si de rabia o de vergüenza porque no dije nada. Porque no le aventé la bicicleta.

A los 16, cuando todavía no tenía Síndrome de Ansiedad Mayor ni me daban pánico las multitudes, tenía un novio que disfrutaba el futbol. La selección ganó un partido y fuimos al Angel. El novio jamás me soltó la mano, jamás me dejó sola. Pero en 3 segundos que no me vio, alguien metió su mano en mi falda, me bajó los calzones e introdujo sus dedos dentro de mí. Yo no dije nada. Otra vez no dije nada. Recuerdo haber apretado más la mano del novio y que él preguntara: ¿estás bien? Por supuesto respondí que sí. A los 5 minutos que se dio cuenta que no lo estaba, sin preguntar mucho me dijo: mejor vamos a sentarnos por allá, lejos de la gente.

Cuando lo hicimos, unos muchachos (hombres y mujeres de nuestra edad) se acercaron a nosotros a platicar. Uno de ellos se sentó junto a mí y me preguntó: Seguro con esa falda alguien se propasó contigo, ¿no?

Adivinaron, tampoco dije nada.

Esos son los dos momentos de acoso público en mi adolescencia más molestos que recuerdo. Por favor noten que aclaré que en público y en mi adolescencia. He sido acosada sexualmente en todas las etapas de mi vida. Con o sin falda. Y siempre he escuchado: mejor no te pongas falda, mejor no te andes noche por la calle, mejor no andes sola, fíjate con quién sales.

Vaya, me han dicho que la solución es que yo me esconda, que yo me proteja del otro.

Al otro no le dicen nada. Al otro jamás le han dicho que no tiene derecho a tocarme, manosearme, echarme flores, chulearme, revisarme con la mirada, hacer ruidos mientras paso, acercarse a mí a una distancia menor de 50cm. Al otro le dicen que es un chingón por hacerlo. Que es un gran cabrón. Que nos trae muertas. Que todas queremos con él. Que es bien hábil. Que cómo le hace.

Ayer uno de esos, mientras yo caminaba con mis audífonos, viendo el celular, se cruzó la calle para ofrecerme comprar periódicos, y lo hizo a 30 cm de mi cara. No, tampoco le dije nada. Lo ignoré y caminé en dirección contraria. Y sé muy bien que mientras yo iba haciéndome a la idea de olvidar la escena -porque eso es lo que hacemos todas, porque para eso estamos entrenadas desde bebés, él se iba sonriendo porque me intimidó, porque consiguió estar cerca de mí sin mi consentimiento.

Andrea Noel, si estás leyendo esto. Te juro que la próxima vez que sienta acoso, voy a decir algo. Te lo juro. Y te juro que cada vez que alguien te insulta, también me insulta a mí.  No estás sola. Estamos todos contigo.

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