La similitudes en la muerte

Es domingo. ¿Hay peor día?  No recuerdo una época en mi vida en que los domingos incluyeran alguna clase de rutina que disfrutara. El cansancio acumulado, la frustración de volver a la rutina, las obligaciones familiares y hogareñas se acumulan en esas horas y todos tienen un aire fastidiado pero positivo a huevo…

Hoy me desperté pensando en puras cosas feas. En que me duermo, geográficamente, en el mismo lugar donde mi padre dio su último respiro. En que duermo en la misma habitación donde mi padre murió. En que duermo en la misma habitación donde me di cuenta que el amor de mi vida dejó de quererme. Que duermo en la misma habitación donde mis perras peleaban hasta sacarse pedazos de carne en cada torzón.

¿Les ha pasado que a veces jalan las cobijas y con ellas se cubren también con todos sus miedos? Así estaba.

Cuando me preguntan por qué vivo con tantos animales nunca contesto esto, pero es verdad: si no estuvieran, no me levantaría de la cama. Me levanto porque hay que limpiar los miados, las cacas, servirles agua fresca, croquetas, acariciarlos y decirles que aquí están seguros, que nadie les va a hacer daño, que está bien si en la noche rompieron algo o se hicieron pipí en un cojín, que para esos accidentes existe el pegamento o la lavadora.

Si no estuvieran, no tendría ninguna responsabilidad que me hiciera salir de la cama que me cobija tan cómodamente en mis miedos que, con cada latido de mi corazón, se hacen más largos, más entretejidos, se enmarañan y convierten mi habitación en una especie de estambre deshilado del que nadie se atrevería jamás a tejer un suéter.

Ayer murió Prudencia – Hoth, una gata que rescató mi amiga Magos Nava, y que llegó a mi vida luego de que no fue posible conseguirle un hogar. Era octubre y me angustiaba que una gata a todas luces vieja, pasara el invierno en un baño de una casa productora.

Prudencia llegó aquí como un saquito de huesos, con polvo en todo su pelaje y cara de fastidio. Venía metida en una transportadora muy elegante y nos veía a todos con la displicencia que me imagino, da la vejez sabia.

Yo sé que cuando un gato llega a mi casa, es prudente colocarle una casa en el punto más alto de mi departamento, de esa manera su autoestima no se vulnera con el cambio. Acomodé a Prude arriba del librero, le puse un plato de comida y otro de agua. Me aseguré de enseñarle el camino al arenero más cercano.

Cuando Rafa Paz, nuestro veterinario de confianza, vino a verla, me aclaró que Prude tendría entre 15 y 18 años, comprobamos que no tenía un sólo diente, una sola muela. Que sus riñones estaban muy inflamados, “como cuando un gato pasa mucho tiempo sin comer”, dijo Rafa, y yo recordé lo que he leído sobre eso, y cómo los felinos están hechos de una manera que, en cuanto hay temporadas largas sin comida, su sistema empieza a “comerse” a sí mismo.

Todos los días le daba a Prude una cucharada de pollo, otra de Nutrigel, me aseguraba que tomara agua fresca, la cepillaba y le ponía polvos de toronja con menta para limpiarle la piel. Al principio Prude se orinaba en sí misma. A veces se paraba, movía la cadera dos pasos, se cagaba, se regresaba los dos pasos y se volvía a acostar. Había que lavar el librero 3 o 4 veces al día. Pero poquito a poco consiguió salir de su transportadora y dejó de comer croquetas y tomar agua de su plato para ir hasta la cocina (unos 10 mts de distancia) a comer y tomar con todos.

Consiguió hacerse de maullidos poco amables con Jensaaraai y se hizo amiga de Wampa. En menos de un mes Prudencia se convirtió en una gata vieja con mucha fuerza. Brincaba más de un metro sin chistar y comía como desesperada. Le tocó Navidad y Año Nuevo en esta casa, fechas en las que me sirvo un plato de pavo con algo, y otro de pavo desmenuzado para aventarles a mis animales como si fueran palomas en una plaza. Siempre cachó pedazos, siempre lo defendió.

Un día se peleó con Jensaa y la muy hija de la chingada le mordió la cola. Rafa tuvo que suturarle y ponerle inyecciones.

Descubrió que a cierta hora del día me siento a tejer, y bajaba para meterse abajo del tejido, con Wampa. También se iba al microondas a tomar el sol y ver pasar a la gente. De repente maullaba muy fuerte, tres largos y pausados maullidos. Sonaba como si me estuviera exigiendo algo que no le había dado. Yo iba por ella, la cargaba y buscaba todo lo que podría interesarle: pollo, agua, Nutrigel, Wampa, el sol, el tejido. A veces le atinaba a algo, a veces me mandaba a la fregada a la mitad del camino y se regresaba a su librero.

En enero empezó a decaer. Ya no comía como antes, ya no bajaba del librero para pedirme un pedazo de mi cena. Un día se bajó del librero y se fue a parar a la puerta del baño. Maulló hasta que le abrí la puerta y se metió en el mueble del lavabo.

En menos de 15 días perdió todo el peso que había ganado. Dejó de comer. Luego de beber. De viernes a sábado no quiso ni pollo. Ni suero. Ni maulló.

La cargaba y maullaba enojada, encabronada. Me recordó muchísimo a mi padre y su frustración por no morirse, porque el cuerpo seguía aferrado a respirar cuando ya no servía para nada más.

A Rafa, Ana su asistente, y a mí, nos costó mucho dormir a Prude. Fue como si su cuerpo estuviera en rebeldía cuando ella ya no quería estar ahí.

Magos vino a verla la noche anterior a que muriera, “¿ya te quieres ir con el Gran Gato, Prude?”. Le preguntó. Yo no sé. Como no supe con mi papá.

He acompañado a morir a muchos seres vivos. Ninguno como Prude me ha recordado tanto la muerte de mi papá. Ninguno como ellos me ha recordado, me ha enseñado lo que mi padre repetía siempre: “Mi cuerpo no soy yo, yo uso a mi cuerpo. Mi cuerpo es una bolsa de carne y huesos que yo uso para ser”. Pero nuestro cuerpo es nuestra primera posesión, no somos hasta que no lo tenemos, no nos sentimos si no lo tenemos. Y por eso nos cuesta tanto trabajo soltarlo, dejar que se vaya cuando ya no nos sirve.

Un día mi cuerpo dejará de servirme, y yo sólo espero que todo lo que he visto me ayude para soltarlo cuando llegue el momento.

 

 

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