La familia, como el fuego, de lejitos para que caliente

Eso me enseñaron en mi casa. Entre más lejos estemos, mejor nos llevamos. En la capacidad de dejarnos ser, es donde más nos respetamos.  Nací y crecí mis primeros 5 años, en una familia numerosa, intuyo que ruidosa y conflictiva. Intuyo porque no lo recuerdo mucho. Pero conociendo individualmente a sus integrantes, creo que debe haber sido muy overwhelming sobrevivir al desayuno.

Después del divorcio, mi padre pasaba Navidades y Año Nuevo solo en su departamento. Siempre se las ingeniaba para enviarme algo, para hacer que Santa y los Reyes estuvieran presentes. Los años que no la pasamos juntos sabía que a las 8 de la noche, él estaría metido en cama, roncando tan fuerte que la puerta de su cuarto retumbaría.

En su última Navidad, mi hermana y yo le hicimos un micro plato de pollo con jitomates decorados como si fueran Nochebuenas. Papá ya no podía comer mucho y la verdad la pasaba mal por no poder ir a la Iglesia, era un tipo muy mocho y aunque iba a dormir, le pesaba mucho no poder ir a la misa de Navidad. Mi hermana y yo lo acostamos a eso de las 5 de la tarde y nos quedamos un rato en la sala hasta que ella se fue a su casa con su familia. Yo me fui a mi departamento a dormir.

Año Nuevo no fue muy diferente, la única diferencia fue que cuando llegué a las 5 am para ayudarle a bañarse me dijo todo emocionado y llorando (era muy dramático, como si fuera la protagonista de una novela del Canal 2): ¡Llegué al nuevo siglo! Es 2001. No me morí antes.  Se bañó, se visitó, le leí el periódico y se durmió. Y así estuvo hasta que se murió un mes y centavos después.

Ayer, mi  familia adoptiva, adoptó lo que ellos mismos definieron como “homeless de Navidad” y cenaron en grande, y bebieron en grande y se regalaron cosas. Vi una foto en Twitter y sentí rebonito.

Yo me la pasé en casa, viendo Making a Murderer (la reseña estará publicada por ahí del martes en Agenda TV), y mientras pensaba en todas esas personas que fueron criadas para pasar estas fechas en compañía y que ayer la pasaron solos sin quererlo, me dio mucho gusto pensar también en gente que pasó una Navidad en la compañía que no esperaba, con la gente que no esperaba.

Lo bonito de Navidad, es que todos se ponen bien cursis. Y se ven más guapos.

 

 

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