Como si estuviera en el kinder

Mi hermana es maestra de kinder. De su propio kinder. Eso es doble logro. Eso es como salvar a México todos los días, dos veces. Y una vez al mes, viene desde la tierra perdida de Coacalco, con su hijo menor y su marido a traerme algo de comer y a pasar la tarde conmigo. A veces le corto el pelo. A veces platicamos. A veces me hace masajito. Un día me hizo ir a Bellas Artes, en domingo, a exposición que casi iba a cerrar. Somos familia pues.

Cómo sólo nos vemos al inicio de cada mes, pues hoy tocó celebrar Navidad, así que nos fuimos al tianguis de Sullivan y dejé que su olfato decidiera dónde comeríamos. Nos echamos varios tacos, agua de limón con chía, jugo de naranja recién hecho, compró mandarinas, mangos, y luego yo me fui cargando a su nieta, que es un clon mío, por todo el tianguis.

Ella y su marido, como el par de viejitos que son, se detenían en cada puesto y se compraron un montón de cosas que seguro no necesitaban, pero todas eran indispensables.

Ya cuando se iban para su pueblo, mi hermana sacó de su bolsa un paquete envuelto en servilletas, metido en una bolsa de plástico con un nudito. “Toma, te hice una torta de pollo rostizado. Sin lácteos, que te hacen daño”.

Y pues yo me la estoy cenando, pensando en que es bonito tener hermanos mayores que a los casi 40, te hagan tortas, como si fueras al kinder.

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