Jabba

Los amores, como todo en la vida, son “prestados”. Lo pongo entre comillas porque la verdad es que más que en leasing, todo en la vida es transitorio y es una verdad que no acabamos por aceptar. 
Cada afecto que se suma a nuestra cotidianidad tiene una vigencia, una fecha de caducidad. No es porque el amor se acabe, es porque los protagonistas de ese amor, cambian. 
Tal vez debí haber aprendido eso con mis dos matrimonios. O con todas las veces que he sentido tener un mejor amigo y perderlo después. La realidad es que eso lo aprendí con la muerte de mi padre. 
Mi papá se fue cuando yo tenía 23, y de no haberse ido, yo jamás habría aprendido a trabajar, a mantenerme y por lo tanto, a un día estar en posición de mantener a alguien más. 
Al morir mi padre, nuestra relación codependiente y llena de frustraciones se acabó. Y aunque lo extraño todos los cochinos días de mi vida, cada vez que consigo un cliente nuevo, empleo a alguien, pago mis deudas, escribo algo, rescato a un animal (lo mantengo sano y contento) imagino lo orgulloso que está de mí.
La muerte es la más definitiva de las guillotinas de las relaciones. Con la muerte, todo cambia. Nada se acaba, pero todo cambia.
Hoy, mientras me visitaba Rafa Paz, mi veterinario hace 5 años y mi amigo probablemente hace una eternidad, notamos que Jabba no se había aparecido a saludar. Nos acabamos el café y fuimos a buscarla. 
No apareció en las recámaras, en el baño, en el mueble donde le gusta estar, detrás de los sillones…
– María, está muerta.
Corrí a la cocina incrédula y vi a Rafa, jalando el huacal debajo de la tabla junto al fregadero donde Jabba se había escondido para morir. Como buen animal, en su profunda dignidad, fue a despedir su relación más importante, la de su alma con su cuerpo, en soledad. 
Jabba estaba echa pelota, con una mano sobre su cabeza, como se acuestan muchos gatos para dormir. 
Paro cardiaco fulminante, mientras dormía, dijo Rafa y consiguió detener la bola de nieve que la culpa estaba construyéndose dentro de mí. 

 

Jabba llegó a mi vida en diciembre del año pasado cuando, al ir a adoptar a otra gata, la vi chiquitita, llena de bichos y la panza inflada. Me fui con C3-PA (sí, una gata de 3 patas ) y con Jabba a Gossets. Empezamos a tratarlas. C3PA murió más tarde por complicaciones de la mala cirugía que le habían hecho en el muñón. Jabba estaba colmada en hongos de piel y parásitos internos. Por eso le pusimos así (seguro se alimentaba de bounty hunters).
Pasaron más de 3 meses antes de que pudiéramos curarla. De burla decíamos que mejor le sacábamos las tripas y las lavaba a mano. La pobre gata sangraba, echaba lombrices… cada ida al arenero era una proeza escatológica de calidad gore. 
Eventualmente se curó, eventualmente empezó a vivir contenta. Hace 3 semanas se dio un trancazo en el ojo, se dejó curarlo. 
Hoy, el cuerpo le falló.
En la mañana Padme, mi gata la gritona, pegó una corrida de maullidos que yo no supe interpretar… y no fue si no hasta la noche, cuando llegó Rafa y no vimos a Jabba que notamos su ausencia. 
Lloré un poco. Entre la tristeza de no volverla a ver y no disfrutar su pelito dorado, sus ojos grandotes, sus piernas cortitas para su panza enorme… Luego pensé: soy tan mala cuidando animales que no me di cuenta que llevaba horas muerta. Luego Rafael me metió en cordura.
Hoy uno de mis amores murió. No volveré a ver su cuerpo. 
Esas placas representan a cada uno de los animales que la vida me ha hecho favor de prestarme. Hoy se suma la de Jabba. Algún día, espero verla de nuevo. Mientras tanto…
¡Hasta las estrellas!

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