Cuando la música le preocupa al sistema

Como parte de las muchas medidas que tomo para poder salir a la calle cuando me ataca un ataque de depresión mayor y por lo tanto, uno de enoclofobia, me gusta oír a Rage Against The Machine. Una vez que la voz desesperada de Zach de la Rocha me ecualiza, entonces le doy paso a Foo Fighters, a Calle 13, canto Latinoamérica hasta que me relajo y luego Ana Tijoux y al final, sólo Natalia LaFourcade me compone.

Mis miedos a la calle son traumas infantiles cursis, que tienen que ver con haber sido perdida en una multitud, con haber sido manoseada por extraños en una celebración futbolera cuando era adolescente, con haber sido aplastada, con no haberme sentido cuidada de niña. Hoy, mis miedos no se calman, pero se han convertido en otra cosa, en una preocupación generalizada donde me siento responsable de cuidar a otros, de ayudarnos entre todos.

Hoy me desperté en un país donde la música debe ser reprimida a golpes, con insultos, mandando gente al hospital para que no cante, para que no coree las canciones que nos dan esperanza. En Chilpancingo hay heridos que están cantando por todos, para que no nos desaparezcan. Y yo me desperté en mi cama, calientita, sin preocupaciones.

¿Qué nos pasa a los mexicanos que no estamos todos preocupados por que hoy golpean a quienes quieren protestar? ¿A quienes necesitan cantar para sentir esperanza?

Cuando vuelvo de las marchas siempre traigo en los oídos el eco de las gritas, el “¡JUSTICIA!” desesperado que todos tenemos atorado en la garganta sabiendo que al gritarlo, nadie en las autoridades sabe y quiere ayudarnos a conseguirla.

Oigo detrás un “calma pueblo, que aquí estoy yo” y me doy cuenta que en ese pronombre está mi nombre escrito. Oigo un “¿qué le vamos a decir a nuestros hijos cuando pregunten?” y veo el rostro de mis sobrinos, de mis nietas, de los hijos de mis amigos. Los más pequeños no saben qué pasa y preguntarán, los más grandes preguntan pero no saben. Somos nosotros quienes tenemos que decirles qué pasa y alentarlos a que canten, somos nosotros sus noticieros, sus fuentes de información.

Oigo “my job is to kill if you forget to take your pill” y pienso en qué llevó a los policías, a los infiltrados, a los militares a olvidarse de quiénes son, de qué está hecha su piel; cómo permitimos como sociedad que haya miles de hombres y mujeres que justifiquen golpear a sus iguales por las órdenes de quienes consideran sus patrones.

“Respirar para sacar la voz, despegar tan lejos como un águila veloz… Liberarse de todo el pudor, tomar de las riendas, no rendirse al opresor. Respirar y sacar la voz”. Cierro los ojos y veo los rostros golpeados de la gente de Chilpancingo. ¿Cuándo nos tocará en el DF? ¿Cuánto me tocará enfrentarme a un policía para defender a mis amigos músicos?

¿Qué tanto miedo tiene la elite política del país que un concierto es digno de represión violenta?

Espero la hora del día en que mi cabeza se calme, en que mi estómago deje de sentirse contraído y pueda cantar que yo no nací sin causa, yo no nací sin fe. Mi corazón pega fuere, para gritar a los que nos mienten y así perseguir a la felicidad; que es un derecho de nacimiento y es el motor de nuestro movimiento, porque declaro libertad de pensamiento, si no lo pido es porque estoy muriendo”.

Canten, hoy canten. Sin parar. Necesitamos salir todos a cantar para recordarle a quienes golpearon ayer, que no hay forma de callarnos.

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