Ser bonita como arma de protesta

I. Lo caro de ser bonito en México

Cuando se trata de criticar mi forma de ser, no hay frase que me haga sentir más incómoda que: “Calladita te ves más bonita”. Verán, siempre tengo algo qué decir hasta sobre el tema menos importante y mi padre me enseñó que mi opinión siempre importaba. “A lo mejor a mí no me importa -decía un poco en tono de burla- pero seguro a alguien sí”.

Bonita es una palabra que nunca se ha asociado con la descripción de mi físico. Y cuando a una niña, adolescente o mujer, sistemáticamente le han dicho que no es bonita pero: “tienes lo tuyo”, “eres atractiva”, “las bonitas no duran” y absolutamente todos adoran a las bonitas y ellas andan como más sonrientes que las demás, te empieza a costar trabajo creer que tu opinión importa.

Como muchísimas mujeres en este país, y en Latinoamérica, he tenido que irme creando argumentos para creer en mí pese a no ser güerita, talla 5, copa C, finita de facciones, divertida, chistosa… Uno de los argumentos más fuertes que tengo es el monolito Olmeca de la venta.

De niña, cuando mi padre era un periodista famoso, fuimos invitados al museo por su director. Y cuando vi la cabeza Olmeca, pensé que era un monumento hecho en honor a mi padre. En mi percepción, eran idénticos. Ser bonito, tenía que ver con ser reconocido. Y así me fui haciendo de mi propio concepto.

Al construirte una idea de belleza distinta a la que todo mundo está entrenado a consumir, te vas dando cuenta de muchas otras cosas, entre ellas el clasismo que producimos en México casi con tanta velocidad como producimos basura.

Ser moreno, chato, de ojo chiquito, nariz ancha, manos toscas, es sinónimo en este país de ser pobre, naco, mal educado, incivilizado, no moderno…

II.  Si para ser bonito, hay que estar callado, no quiero ser bonito.

En Iguala, donde vive mucha de mi familia materna, viven las bonitas de mi familia: ellas salieron a mi abuelo, que era güero de rancho, ojo claro y espigado. Largas, esbeltas y delgadas. Siempre salen bien en las fotos.

Mi abuelo tenía muy buen gusto para las mujeres, mi abuela era prueba de ello: una mujer que a los 80 usa minifalda y si la ves caminando crees que tiene 40, definitivamente es prueba de que lo bonito, llama la atención. La cosa con mi abuelo es que era bien mujeriego, y dicen que tuvo más de 100 hijos registrados por la zona de Iguala. Otros tantos por Guadalajara, San Luis, Zacatecas… Nunca vamos a saber cuántos fueron.

La semana pasada, el 8 de noviembre de 2014, estaba en la plancha del Zócalo cuando vi las llamas de la puerta de Palacio Nacional. En la mano tenía la basura de un tamal que acababa de comerme tras marchar desde el Angel. Fui a la marcha acompañada por dos mujeres jóvenes a quienes considero familia, quienes como yo, comienzan a involucrarse en esta serie de protestas que nos tiene a todos entre impotentes y desesperados.

En la marcha, vi niños menores de 10 años acompañados por sus padres. Familias enteras desde abuelos hasta nietos. Parejas que escogieron pasar la noche agarrados de la mano para protestar.

Vi morenos (que por serlo, inmediatamente somos pobres y nacos, o wannabes y rechazados sociales).
Vi pobres, vi ricos (tomando en cuenta que en este país, según la definición de mi padre, quien come al menos una vez al día, es millonario).
Vi gente informada.
Vi gente que iba a informar.

Vi bonitas que no querían estar calladas.

Y en los carteles de los 43 desaparecidos, sigo viendo mi rostro. Sin importar si la leyenda de mi abuelo y sus 100 hijos es cierta o no, veo mi rostro. Mis ojos de pingüica, mis pestañas cortas, mi nariz chata y mi cara cuadrada. Sigo viendo el monumento de La Venta. Sigo viendo a mi papá, un señor con cara olmeca y corbata de moño que vivió queriendo ser empresario en este país mientras también quería ser periodista sin venderse.

III. Pero si ser bonita me da ventajas, soy la más bonita de todas.

Estos días en que he escogido acomodar mi vida para estar más presente en lo que pasa en mi país, he sido cuestionada por involucrarme, por no involucrarme antes, por no entender los intereses de las altas cúpulas, por creer que los entiendo, por no saberme todos los nombres de todos los diputados y senadores y de los principales narcos…

También he sido felicitada como si estuviera haciendo algo imposible. Quienes me conocen personalmente saben que para mí, estar rodeada o presente o simplemente cerca de un grupo de gente mayor a 20 personas, me provoca ataques de pánico. Así que desde el esfuerzo que me cuesta estar donde no me siento cómoda o segura, se agradece enormemente que me reconozcan.

En consecuencia, soy bonita y desinformada. Bonita porque me quedé callada muchos años, desinformada porque hasta ahora ocupo al menos dos horas de mi día en leer espacios informativos no tradicionales para tratar de entender de lo que me he perdido sobre mi país en los años en que me dediqué a formarme como persona.

Soy bonita, la más bonita. Porque dejé que lo que oía sobre los movimientos me hiciera creer que mi opinión era una más, que no era suficiente, que si sólo podía tuitear y hacer activismo de escritorio, era frívola.

Soy bonita, porque no me interesa entender qué intereses tienen algunos para jugar con los mexicanos (en masa) como si fuéramos frijolitos en lotería. Me interesa que se detengan.

Soy la más bonita de todas, porque sigo creyendo que lo único que se necesita es que cada ser humano entienda que el bienestar del prójimo es el bienestar propio.

Soy bonita, y ya me cansé de estar callada.

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