Demasiadas opiniones para un minuto de silencio

Me tomó más de 24 horas reaccionar a la muerte de Robin Williams. Hace unos minutos pude llorar. Como a muchos, me daba vergüenza hacerlo porque siento que no me corresponde, que no tengo derecho porque no lo conocí, porque no es mi amigo, porque es tan cercano para mí como para cualquiera en el mundo. Sin embargo, como a todos los que nos incomodó su muerte, siento un golpe seco en el pecho, un aire frío y denso que me pasa por el esternón, una sensación de que todo se detuvo y de repente todo está más fuera de foco que de costumbre.

Quienes siguen este blog habrán notado que en los últimos dos años no he escrito con regularidad. Que la depresión ha estado más presente desde marzo de 2012 en mi vida, que en todos mis 37 años. Supongo, como he leído, como lo he visto, que la depresión, como toda enfermedad, es una condición que o se agrava con los años o simplemente pasa, cuando no es crónica. La mía es crónica, ácida, pesada. Misses Joie se está volviendo experta en mí y yo, armada con medicamentos, rutina, necesidad de colorar valores de supervivencia artificiales y amigos, pocos y verdaderos amigos, le he ganado las batallas sabiendo que juego en su campo de guerra, que soy tierra conquistada pero no vencida.

Mis colegas de social media discuten hoy si son adecuados para las marcas involucradas estos mensajes donde se habla de un genio liberado, si no estamos, como comunicadores alentando al suicidio, si no estamos provocándolos, celebrándolos, glorificándolos.

Desde mi depresión, los tranquilizo: No. Los memes, las ilustraciones, los tuits no me hacen tener más ganas de suicidarme.

Que un genio, con mente más ágil que un cheetah en caza, sabiendo lo admirado que era por millones, con escasos problemas económicos, con familia, con amigos haya decidido (si es que así fue) detener a su cuerpo enfermo porque ganó la esperanza de dejar de sufrir (eso es lo que buscamos los depresivos al considerar el suicidio), me hace sentir normal. Un ser excepcional como él, y su muerte me recuerda que mi día más oscuro es normal. Que mi pensamiento más dañino es normal. Que está en mis manos decidir si me quedo o me voy. Que soy normal. Que soy normal con él. Con millones de enfermos más.

Me quedo con esa tranquilidad, y con este video. Gracias a todos los que han estado ahí, haciendo justo lo que este hombre dice, cuando no sé qué hacer conmigo. Gracias. Cada apretón de mano, cada abrazo en silencio, mi locura y yo, nos paramos sobre la mesa y agradecemos. Cada minuto que decido estar aquí, es mi tributo a ustedes.

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