Disfraces para no extrañar

Se sumaron varios momentos, varios escenarios como si fueran flashes en una película que no termina jamás.

Cáncer, mediocridad, esquizofrenia, pobreza y border line personality. Esas son palabras que siempre me preocupan, que me angustian. Esta semana le atiné a la última. Le atinamos, luego de mucho trabajo de diagnóstico y cumplir con mi deber como paciente, y tomarme mis medicinas, y seguir en terapia. Y ahora sólo queda la tarea eterna, infinita, que terminará hasta el día en que deje de respirar, de ser plana, de comprometerme con no emocionarme de más, con no entristecerme de más. Plana. Ese es el goal. Esa es la tarea. Porque eso es lo que me mantendrá más sana, más funcional, más en disposición de seguir, aunque no quiera hacerlo.

Luego vino un golpe de cosas buenas, de saberme útil, valorada, de saber que lo he aprendido a hacer a nivel profesional de verdad sirve y de verdad es usado y es práctico para los demás. Que justo mi inhabilidad para socializar, para comportarme sin sobresaltos, para angustiarme por todo en la vida real, me ha hecho valiosa en el mundo laboral, en mi área laboral.

Después vino el golpe del diagnóstico. No quiero ser border, prefería ser bipolar, distímica (que como si fuera poco, sigo siéndolo); prefería incluso que me dijeran que todo seguía igual, que sólo estaba en un bache y que eventualmente saldría, como siempre. Pero no, todo apunta a border, a esa clase de personalidad que no quise nunca tener, que procuro mantener lejos de mí incluso cuando hay gente a la que amo muchísimo y que padece esa enfermedad. Somos tóxicos, somos generadores del caos, somos sobrevivientes que viven al límite sus emociones por que no sabemos vivirlas de otra manera.

Entonces vino el balance.

El viernes pasado, cuando por fin entendí o dejé que las palabras escuchadas en el consultorio me pesaran con todo lo que mis prejuicios le han dado a ese diagnóstico, no pude salir de la cama. Me quedé atrapada con pánico a poner un pie fuera de ella pensando en toda la gente que ha vivido conmigo y que pasó por lo mismo que yo con mi familia, que sufrió ese desgaste eterno que provocamos quienes vivimos con estos lentes que la vida nos dio.

La rutina me llamó en forma de correo electrónico. Y la culpa hizo lo suyo y me vestí y salí a la oficina.  Mi mayor miedo era atacar sin razón a alguien en la agencia. Gritarle, decir algo perturbador, mostrarme tan hosca que no pudiera justificar mis emociones más que con lo que se veía: un ataque incontrolable de una persona iracunda, descontrolada. Nunca, nunca, nunca en toda mi vida consciente, había sido tan bien recibida como el viernes en la agencia. Nunca.

– ¿Te dio el bajón chaparrita?, dijo un grouper. Me vio a los ojos y se tomó tiempo para entender que no podía hablar, que era mejor no elaborar nada, que “me había dado el bajón” que es cómo él entiende estos descontroles emocionales que seguramente también a él le pasan.

– ¿Todo bien? ¿Estás enferma? – dijeron algunos creativos mientras otro, más enterado sobre mis diagnósticos, me tomó la mano y me abrazó.

Mi gente de todos los días se limitó a ser tan cotidiana y normal como siempre, saben, intuyen tal vez, que mientras más rutinario sea todo, más fácil es para mí.

Sí se puede. Sólo tengo que ser plana, tengo que prever cuando una emoción, como tsunami, quiere venir a arruinarlo todo, pararme en seco, hacer guardia como samurai y dejar que pase, sin darle chance a expresarse, sin que se apodere de mí.

El sábado quedé de ver a mi Bruju. La Brújula es creo, el intento que quien sea que nos creó, hizo por hacerme bien. En ella sí salió: es incansable, fuerte, constante, trabajadora sin parar, concentrada, sin bullshit, no sabe andarse con rodeos y al mismo tiempo sabe ser política. Es perfecta.

Cuando desperté, Han Solo, el gato más pequeño de mi manada, estaba desganado y triste y cuando serví las croquetas no salió corriendo a comer. Cuando llegó la Bruju nos fuimos al veterinario corriendo. La doctora dijo que era una infección pero que con cuidados y medicina la libraría; que seguramente se le habían bajado las defensas por estrés.

Y cómo no…

Su madre, su cuidadora, se la había pasado toda la semana tratando de lidiar con un diagnóstico que, para pronto, en su forma de pensar y ver la vida éticamente, le impiden volver a tener pareja, le impiden volver a vivir con alguien cuando por otro lado, la única manera en la que encuentra una razón lógica para vivir, es estando enamorada.

Bruju y yo salimos a desayunar y al volver, Han estaba en shock. Los ojos perdidos, babeaba, y al cargarlo se convulsionó. Corrimos al veterinario y, aunque su corazón latía, ya no respiraba. Le di la bendición como me enseñó mi papá, y murió en mis manos.

Han es el tercer gato que muere bajo mi custodia. La primera fue Mayah, rescatada de mi comadre Sandra Segovia; Mayah se comió una abeja y murió por la alergia provocada. Luego fue Obi Juan, que murió a las 3 semanas de nacer por una falla genética en los riñones. Ahora Hani.

Me senté unos segundos en el piso, con la espalda contra la pared y lloré. “No es tu culpa, los has cuidado bien. Sí, son muchos, pero no hay nadie -veterinario, rescatador, otras crazy cat ladies, que no entren en tu casa y admiren lo bien atendidos que están. No es tu culpa. Atiéndelo que esto no se trata de ti”.

Me acerqué de nuevo y acomodé su cuerpo para que no entrara en rigor mortis en una posición poco agraciada. Hani era un gato muy extrovertido. Junto con Wampa, siempre me esperaba en la puerta al llegar y siempre estaba ronroneando. Era la mejor compañía de Jensaarai y de Wookie. Anakin con 7 kilos más, le enseñó a llevarse pesado y él era demasiado caballeroso para no aguantarle el paso.  Hani era, entre mis muchos gatos, uno de esos que resaltaba en la manada.

Mi comadre me contó que alguien le contó que para la gente que cree en la reencarnación, quienes reencarnan en gato tienen la misión de aliviar a quien los cuida, llevándose lo malo y sacrificando su vida por eso. Tal vez por eso dicen que tienen 9 vidas. Tal vez por eso han venido a morir a mi casa tres gatos. Tal vez necesito ayuda para aliviar los males que me saqué en la ruleta. Me parece que sacrifican demasiado, yo prefiero más gatos y menos humanos, pero por algo yo no estoy a cargo del universo.

Si eso que dice mi comadre es verdad, entonces debo honrar a Han. Y no perderme en esta tristeza, ni en esta culpa, ni en estas ganas que tengo de mandarlo todo al carajo no sólo porque él murió, si no porque por lo que me quede de vida, tengo que vivir a raya, sabiendo que quiero explotar.

Tengo que honrar a Han, a Mayah, a Obi Juan, a Kika, a todos los animales que he rescatado y se fueron después, a mis exmaridos, a mi padre, haciendo lo que no quiero: aprendiendo a que me guste vivir, aunque esto que vivo sea lo mejor que puede pasarme.

Extraño a Han. Había algo en su presencia en esta casa que me hacía sentir completa. Supongo que uno nunca lo está.

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