Cada quién su veneno

Yo tenía 16 años cuando leí por primera vez “Mujeres que Aman Demasiado” de Robbin Norwood. El ejemplar era herencia de alguna de mis hermanas, que a su vez leyeron el libro para tratar de entender por qué habían caído en una relación amorosa destructiva.

La menor de mis hermanas tendría 27 años de edad, y la mayor 36. ¿Qué hacía la mocosa de Maríaisabel leyendo un libro de abuso en relaciones de pareja a los 16 años? Temo confesarles que el de Norwood, era un libro considerado light en mi casa, era apenas normal que yo lo estuviera leyendo. Antes, me tardé.

En aquellos tiempos (dice la liturgia de mi vida), era novia de un muchacho mitómano, que se creía vampiro, adicto a la pornografía, iniciado a las drogas. Perenganito (de quien ya hemos hablado en este blog) era además, el exnovio de quien fuera por años mi mejor amiga, misma que me traicionó en la secundaria y le dio por insultarme a gritos en las calles (esto, mucho antes de que Perenganito y yo nos hiciéramos novios).

A ver Maríaisabel, ¿cómo fregados te fuiste a meter con gente así? Neta. Pues… básicamente se parecían a la gente con la que yo convivía, mis papás, mis hermanos, mis sobrinos, y me hacían sentir cómoda y además me daban la oportunidad de ser útil. Y como en mi casa ser útil era un valor absolutamente indispensable y por el cuál probablemente nadie te abandonaría, pos actuaba en consecuencia.

A lo largo de mi vida me la he pasado confundiendo amar con rescatar, ayudar, ser útil. Mi exmarido, con quien viví 10 años, un día me dijo: “¿Sí te das cuenta que no eres perfecta verdad? ¿y que tratas a todo mundo como si ellos tampoco hubieran tenido quién los cuidara de niños? Nena, perdón, pero eso te pasó a ti, los demás sí tuvimos quién nos cuidara y sabemos que somos imperfectos”.

Plop.

Plop.

Re-plop.

¿Vieran con qué facilidad se me olvida eso?

Recientemente me enamoré como escuincla de 17 años de un hombre amoroso, afectuoso, cursi, romántico y expresivo. Todo de lo que estuve carente durante una década. Fue tal la seducción, que pasé de largo el hecho de lo mucho que esa nueva relación se parecía a un rescate y no a complicidad entre adultos en las mismas circunstancias. Me costó casi dos meses darme cuenta de la cantidad de patrones que retomé tan sólo por sentirme querida.

Hace unos días volví a sacar mi copia de “Mujeres que aman demasiado”, he estado releyendo mis notas, las frases que durante muchos años hicieron que no cayera en tentaciones de sentirme, de creerme indispensable para nadie.

Uno puede llegar a entender lo que le pasó de niña, cómo y qué ingredientes conforman nuestra psique y cómo actúan en nuestro presente. La teoría está toda ahí. Pero al final, somos carne, somos emociones. Y el estímulo adecuado nos regresa a la adicción.

El libro de Norwood es tan vigente en mi vida hoy como fue en mi adolescencia. En gran parte, porque en cuestiones de amor, soy una adolescente aún.

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