>En bici al trabajo.

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Vivir a unos pasos del Angel de la Independencia me ha regalado las dichas más grandes que un chilango pueda vivir: las Jornadas de las Culturas Amigas (me hice de un vestido indonés por 200 varos, reteguay); el concierto de Alondra de la Parra con Ely Guerra, Natalia Lafourcade y Lo Blondo; cuando el F1 de Alonso dio una vuelta sobre Reforma… ahhh, la vida.

También he visto encuerados, perredistas en Land Rover llevando tortas a los acarreados del bloqueo del Peje cuando Interlomas, bicicletistas que porque tienen carril especial deciden que está bueno ir en sentido contrario, árboles de Navidad azules, como premonizando el estreno de los Pitufos… ahhh, la humanidad.

Una de las enormes ventajas de vivir en una zona tan céntrica es que todo lo tienes absolutamente en la nariz. El super está a dos cuadras, el BlockBuster antes. También las Memorables, las quecas de doña Estela (en las mañanas) y de doña Mari (en las noches), los tacos de emergencia de don Chente, el puesto de flores y aguacates, La Prieta Linda, El Otto café, Yoga Uno y todo eso está a menos de dos cuadras. Lo juro. También está la estación número dos de Ecobici, sistema que a la fecha no me ha dado mi credencial, por lo que hoy, pensando en que de mi casa todo está cerca, agarré mi Bimex y me monté la mochila y me vine a trabajar.

Mi oficina está en la torre de KPMG sobre periférico. La distancia no era intimidante, la subidita después de Ferrocarriles de Cuernavaca era digna de titubear.

Las llantas estaban sin aire. Pasé a la gasolinera de Circuito y Río Volga para echarles 8 pesos de aire entre las dos. Quedaron rebien. Me seguí por Circuito, sobre la banqueta y llegué al puente de Lieja, cargué la bici y ahí empezó el penar.

Ustedes saben: soy amante de los coches y también de caminar. He sido peatón y chofer. Pero ser bicicletista es como ser invisible dos veces: ni los conductores ni los peatones te ven ni les importas. Es como si fueras dos veces un estorbo, dos veces una incomodidad.

Tomé Campos Elíseos hasta Hegel y luego di vuelta en Horacio. De ahí era todo derecho hasta Periférico. Escogí esa ruta porque en Polanco, Horacio es la única calle que tiene camellón central con rampas para discapacitados, esto es: ustedes bicicletistas también úsenlas.

Exactamente sobre Horacio y la esquina con el Metro Polanco las rampas permiten que te bajes de la banqueta, te vayas en sentido contrario, te regreses, pero jamás que cruces. Debes bajarte de la banqueta, rezar porque no te atropellen y volver a subir por la rampa que está a la mitad de la calle.

Yo venía en bici… he venido en silla de ruedas y juro que saco una pistola y le doy un tiro a alguien.

Efectivamente pasando Ferrocarriles el aire, los muslos y las nalgas me dijeron: ¿qué fregados estabas pensando cuando agarraste la bici? Me eché caminando las últimas tres cuadras y luego cargué mi bici por el puente peatonal.

Venía tan feliz al bajar. Lo había conseguido. No desmayé. Sudé como cerdo sí, pero bueno, el glamour se recupera en el baño. En el estacionamiento de mi oficina hay rampas para bici. Por alguna razón están en el piso -4. Lo que significa que debes bajar por la rampa de los coches hasta dicho piso. Respirando humo encerrado.

Todo iba tan bien.

¿Por qué será que a pesar de querer una ciudad con mayor movilidad, con más respeto por todos, con más transportes alternos al auto particular nomás no consideramos al más sencillo de todos: nuestro par de piernas?

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Özer dice:

    >¿¿¿Y cómo estuvo el regreso??? Abrazos 🙂

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  2. Doña M dice:

    >Polvoso. Que empieza a llover, que salgo con la bici de la oficina. Que la cargo para subirnos al puente peatonal y que se levanta la polvareda de Periférico con el cemento de las construcciones y así. Y ahí tienes a tu Eme toda empanizada. Pero la bajadita por Horacio reina… valió toda la pena.

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  3. Kishiria dice:

    ufff bici, en suelo mojado es suicidio, las llantas no tienen agarre…

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  4. Doña M dice:

    Por fortuna no padecí de derrapones. Como que la lluvia no estuvo tan intensa. Pero sí estuvo rudo el asuntacho.

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