>Las discretas son bonitas, pero muy inútiles.

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Hace un par de semanas un amigo  muy querido sufrió un ataque de no supimos qué. Cayó como tabla al piso y se convulsionaba. El hombrazo en cuestión: masculino, chilango, 37 años, guapo él, deportista él. Así que la verdad a los doctores (en publicidad) lo único que se les ocurrió fue el diagnóstico más evidente: O fue epilepsia o fue el estrés.
Durante el evento que no fue nada corto, robé su 
BlackBerry y recordando en medio de mis histéricos mocos que el familiar más cercano es su abuela busqué evitar que fuera la primera en enterarse. El Oso Fabuloso es de esos seres humanos privilegiados por conservar y cultivar la amistad de aquellos que asistieron a la primaria con él. 
En medio de mis gritos internos y neuronas con hipo encontré a un amigo suyo que pudo poner en alerta a los demás. A mí me dio un ataque de ansiedad nada elegante. El segundo desde que estoy medicada, el primero con razón suficiente. 
Una semana después del incidente tomé mi primer clase de Primeros Auxilios. Aprendí mil cosas, protocolos médicos que un día me ayudarán a salvar una vida pero sobre todo a saber qué  hacer y por lo tanto estar concentrada sin miedo. 
Mi amigo tiene epilepsia. Es uno de los diagnósticos que yo tengo. Los demás, aunque han estado muy controlados no  me han dado lata los últimos meses. 
Platicando con un amigo en común recordaba aquella época en que entré a Televisa y con cada ruido brincaba como ratón o reaccionaba como Godzilla. “A Wunderman llegué diciendo a los cuatro vientos: tengo 3 diagnósticos psiquiátricos, tomo medicinas, no me justifico, pero les aviso por si me ven medio chueca a veces”. 
-Si hubieras llegado así a Televisa, otra cosa hubiera sido.
No decirle a nadie que padezco un par de síndromes podría llevarlos a confundir  mis síntomas y ponerlos en peligro. Lo que le pasó a mi amigo, bien me pudo pasar a mí de no haberme diagnosticado a tiempo. Toda mi vida he luchado contra los reclamos y regaños de quienes consideran inapropiado que hable de lo que padezco. Hay quienes abiertamente me llaman Attention Whore -tan suspicacia, tan observadores, tan inspirados.
Podemos teorizar sobre las razones que llevan a los demás a juzgar nuestro proceder, pero últimamente estoy inclinada a no dedicarle tiempo a quienes me incomodan. Prefiero escribir sobre aquellos a quienes mi conducta inapropiada, mi indiscreto proceder les ha servido.
Pasaron dos canciones entre la última palabra del párrafo anterior y la primera de este. No es que estuviera enumerando a los “beneficiados” de mi verborrea, es que me perdí recordando los momentos compartidos. Ahora noto que al recordar a quienes me reprochan me salen cuentos de palabras y al recordar a quienes me aceptan me invade un sentido de tranquilidad. 
Bien dicen que las imágenes valen más que mil palabras. 

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