No desearás el iPhone de tu prójimo

En cosa de un mes Telcel anunciará sus planes (de robo) para comprar el nuevo iPhone 4. A diferencia del resto de los iPhoneros del mundo, la presencia del nuevo gadget significó para mí la posibilidad real de tener uno, por fin, después de años de añorarlo casi tanto como añoro cada fin de semana mi bola de helado de Gansito (Sí, el helado de Gansito existe).

Pero no pretendo conseguir un 4. Mis añoranzas llegan a un 3GS: estará más fácil de pagar, el hardware está más que probado y puedo conseguir un usado en buenas condiciones en precio no tan ofensivo y pecaminoso. Porque sí, en mi opinión y pese a mis anhelos macqueros, querer/poseer/pagar un iPhone es casi pecado capital.

En mis momentos más redentoristas me imagino que en el Juicio Final, asomaditos en la cima de un cerro estarán Dios, Jehová, Mahoma, Buda, Yoda, Neo y varios más de los etcéteras divinos pasándole tarjeta a cada ser humano. Pero mucho antes que llegar con ellos, pasaremos por varios filtros. Como sucede hoy con el ganado, filas interminables de weyes nos formaremos y se irán abriendo puertas que separarán a quienes hayan matado de quienes no, robado de los que no, violado de los que no.

En algún momento, cuando la sobrepoblación de los que no cometimos faltas graves se presente, nos seperarán por los pecados cometidos en contra de nuestra felicidad. Ahí se armará la grande. Porque nosotros, pendejos como somos, hemos ido escogiendo que la felicidad es una casa, cuenta de banco, zapatos caros, ropa de moda y sí, gadgets. Y ahí, la tarea de quienes estén a cargo (me imagino a Morpheous, el Gato Chesire, Obi Wan y varios personajes de Plaza Sesamo) nos preguntarán abiertamente: ¿Quién tiene un iPhone? Y nos separarán en dos grupos. Los que no tienen pasarán al siguiente filtro para arriba. Los que sí tengan se quedarán a más divisiones.

-¿Quién tiene un iPhone que no represente más del 5% de su ingreso mensual en renta o meses sin intereses?

Ya sé, ya sé, se quieren ver bien vivos y todos dirán que no, que ganan 50 mil varos y que ni sienten el madrazo. Pero en el momento que mientan, una fuerza inexplicable los jalará hasta el filtro de los mentirosos y otra vez a empezar el circo de las selecciones hasta que juntes demasiadas mentiras como para mandarte al averno unos meses.

¿Por qué, si me da tanta culpa, quiero un puto iPhone?

Cuando entré a SOGEM, Alejandro Cessar Rendón me preguntó qué clase de libros leía. Le contesté con toda honestidad a sabiendas de la criticadota que me pondría: Leo los que tienen buen diseño, no sólo de portada, si no de cajas, de tipos de letra, de viñetas. No creo que si un escritor tiene sentido de la estética literaria deba dejar que la presentación de sus palabras sea incongruente a su trabajo.

Puso una cara… !Pasume¡ Pero es lo que pienso. Pienso que los ojos leen mucho más que letras y que si alguien no se preocupa por cómo quiere verse, cómo quiere ver su casa, cómo quiere ver el baño cuando va a cagar, simplemente debería pasar la vida con los ojos cerrados, porque francamente les está dando mal uso.

El primer celular que tuve fue un Motorola Startack azul. Me pareció no tan feo en comparación con las cosas que había, y si lo tuve fue porque ya era imposible vivir sin celular. Después tuve un Sony Ericsson K705i que duró tres largos años y murió en su segundo intento por nadar. Pensando en compensar tan aguantador artelugio compré un Sony Ericsson C902 que no aguantó ni la primer mordida de Aacini. Y sí, perdón, me parece que debería haberlo aguantado tomando en cuenta que no es tan bonito. Para bonitos… un iPhone.

A ver, sinceramente (sobre todo si funcionara como debe), la idea de un teléfono que ocupe la misma plataforma que ocupas en tu compu, con los mismos iconos que amas, con la misma simplicidad que te enamoró, donde puedas cargar las apps que ya usas en tu compu, pero además tomar fotos, y oír tu música, y conectarte a la red y (¡Ah sí! casual) hablar por teléfono, ¿es o no perfecta?

En estos días las armadoras se han puesto ultramonas con los regalos que siempre nos dan a la prensa. Yo he decidido subastar los regalos para juntar varo y legalizar al PataPirata. Todo iría muy bien si no fuera porque de vez en vez, sobre todo cada que tenemos no sé, mil pesos juntos, se aparece una emergencia y adiós Nicanor.  Entre las muchas cosas que nos han regalado, me regalaron un iPod Touch de 8gb. Sí, se me cayeron los calzones nomás lo tuve en las manos.

He tenido tantas veces una caja de un Touch o de un iPhone sabiendo que no será mío, que no podré abrirlo, que el simple hecho de tenerlo en las manos sin que hubiera un vendedor con cara de por favor, ya démelo, fue demasiado.

¿Lo subasto no? Eso era lo que pensaba mi cabecita ególatra, materialista, fodonga. Entonces mi marido dijo: nel, no lo subastas. Igual así se te pasa la obsesión con el iPhone. Y yo pensé: aaaahhh pos sí. Igual ya teniendo el gadget ya se me pasa. Oh grasso error. Ahora lo quiero más. Ahora investigo más horas cómo comprarlo más barato, de dónde sacar varo, y cada que se me ocurre una solución me entra la culpa, porque arderé en el infierno por tener un aparato que no puedo pagar y que sólo me trajo felicidad instantánea -que no es felicidad de verdad- y además echó mi vida económica en una resbaladilla al fracaso en los ahorros por mi vejez.

Hoy, después de torturarme como media hora viendo iPhones “baratos” en la red, abrí la página de mi banco, pagué el teléfono, pagué la tarjeta de crédito y pensé: mañana vendo mi iPod viejita, sus bocinas, mi iPod nuevo, la máquina de coser que no uso y todo, TODO se va a pagar la tarjeta. Qué iPhone ni qué el puto de Steve Jobs.

Pero de que sigo pensando que cinco años de querer uno me hacen merecedora de uno, lo sigo creyendo.

¿Por qué la mercadotecnia no ha llegado a las ideas éticas? Carajo, soy como Felipito… un pinche ratón.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Özer dice:

    >Leí el post recién lo publicaste, y lo volví a leer, y lo leí otra vez… Te quedó redondo. Impecable.(Aplausos)

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