The Devil in Me

Para la güera technicolor.

“You caught me lying by the devil in me. 
And I vas a poet before I came to this place”. 

Hace ocho años, culpa de una tormenta, de un hombre abajo de la ventana, de la soledad que siempre se acumulaba en el centro de mi pecho y me hacía sentir un hueco, culpa de la sublimación que mi madre llamaba mi mejor talento y mi padre mi intento por llamar la atención, hace ocho años escribí mi último poema.

En los álbumes de mi infancia mi madre y mis hermanos escribieron los “poemas” que yo dictaba (sublimaciones religiosas básicamente, estaba obsesionada con el misterio de la consagración). Me recostaba sobre las sillas y sin saberlo (tenía cinco años) me masturbaba con las orillas de la silla mientras rezaba y sentía cómo la sangre recorría mis venas y creía que eso era hablar con Dios. Sólo hablar con Dios se podía sentir así de intenso.

Mi padre me llevó a una corrida de toros a la que le pedí que no me llevara. Estábamos acompañados por el dueño del periódico 6Toros6 y mientras mi papá discutía lo estúpido de la “Fiesta Brava” y el señor Bitar la defendía, yo me escondí contra la pared del balcón porque el ruido de la gente me abrumaba y no podía dejar de pensar en el toro, en el torero, en la presión de todos, en que el señor Bitar preguntaba si estaba bien y mi papá desestimaba mi “sublimación” y entonces Bitar lo desaprobaba como padre.

Desde entonces he ido a muy pocos eventos masivos… Masivos para mí, es más de seis personas a la vez hablando de lo mismo, cantando lo mismo.

El sobrino Julián me dijo ayer: Joe Cocker decía que no entendía qué hacía la gente después de un concierto, que qué hacía con toda la energía que dejan los músicos en el escenario.

Güera technicolor, no supe qué hacer.

Me acordé cuando yo podía escribir poesía, cuando podía cantar, cuando no había renunciado voluntariamente al diablo en mí. Renuncié a él hace ocho años para poder vivir, porque algo me dijo que valía la pena aunque no lo creía.

Hoy escribo de políticos, de empresarios, de coches. Algo más que eso, desata al diablo y me lleva a tirones. Escribir de ti desató un diablo (al que hoy hago semiresponsable por volver a fumar) y por confrontarme con el pasado.

Fue sobrevoltaje güera. Y amé cada segundo.
Gracias por el abrazo de dos horas.

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