Esa no soy yo en el espejo

79.832 kilogramos.

Eso marca la báscula. No me hacía falta pesarme, hace varias semanas que sé que estoy fuera de mi peso ideal, exactamente 10 kilos afuera de mi peso ideal.

¿Tú preocupada por el peso?, me dijo mi editora completamente sorprendida. No soy girly. No uso faldas (a menos que sean tan largas que no se vea ni el movimiento de mis pies). Me maquillo poco. Mis aretes son chiquititos y demasiado andróginos para ser considerados de mujer. Tengo más tennis que zapatos, y entre mis zapatos sólo hay dos alpargatas de tacón.

Soy tosca. Robusta decía mi pasaporte cuando me llevaron mis papás a sacarlo a la delegación. Robusta, sin señas particulares. Hace poco alguien se refirió a mí como la señora gordita que sabe de perros. Lo oigo y todavía me río. ¿Soy una señora? Lo de gordita…GORDA que odio el diminutivo. Señora… qué chingados significa eso. Físcamente pues.

Hoy me subí otra vez al maldito Wii, fuente de mi depresión temporal. Y me acordé de cuando era niña y acompañando a mis hermanas seguía todas las fronteras de los grupos anónimos a los que iban. Dejar de tomar era fácil, porque en realidad a los 8 años, sólo lo había hecho un par de veces. Y ni con la adolescencia le entendí el gusto al alcohol. Dejar de comer… uff. Dejar de comer.

Nunca he tenido chocolates escondidos bajo la almohada. Ni soy comedora de clóset. Siempre he comido mucho. Cuando tenía como 17 años, estaba en prepa, y me pedía una Pizza Mía a Pizza Hut, Meat Lovers, Familiar. No, no quiero refresco. Tampoco postre.

La pizza me duraba menos de media sentada. Comía eso al llegar de la escuela y en la escuela, nada. La rutina de comer una sola vez en cantidades desproporcionadas era mi favorita. También me gustaba comprar paquetes de galletas y sentarme a ver la televisión hasta que se acabaran. Debo aclarar que nunca nada de esto me deprimió. Comer es un placer que disfruto como pocos. Nunca me como algo que no me guste, lo he probado todo y sólo hasta ahora que tengo ya dos años involucrada en los derechos animales se me ha dificultado volver a comer animal. Yo puedo comer sin parar. A mí nadie me levanta de la mesa.

Si me quitas el plato de enfrente, dejo de comer. Y no volveré a hacerlo hasta las siguientes 3 o 4 horas. Probablemente una porción más grande de lo que necesito y mucho más grande de lo conveniente.

No conozco esa sensación que veo en la cara de los demás cuando acaban de comer y no pueden dar otro bocado. Nunca he sentido que no puedo comerme una cucharada más de pastel. Una quesadilla más.

Cuando mi papá enfermó, yo pesaba mis tradicionales 75 kilos que él siempre describió en mí con la expresión “tronadita”. Mientras estuvo enfermo comía muchísimo. A mi papá se le olvidaba que ya habíamos desayunado, y me pedía que desayunara enfrente de él para que de verdad lo hiciera, una y otra y cuatro y seis veces al día. A penas murió dejé de comer.

No tenía dinero, pero tampoco tenía ganas. Compraba latas de atún y arroz y me encerraba en mi recámara a coser. No salía más que al baño. Una lata de atún cada dos días, una taza de arroz. Agua sin parar. La ropa se me caía.

He rondado los 58 kilos hasta los 85 kilos. Y es como si mi cuerpo no me perteneciera. Como si la poca importancia que le doy cotidianamente se vengara de mí y “de repente”  tuviera 10 kilos encima otra vez.

Sé que puedo bajarlos tan fácilmente como los subo. Pero estoy harta de hacerlo.

Cuando me incluí en la frontera de Comedores Compulsivos (sólo comer tres veces al día, servirte antes de sentarte todo lo que piensas comer y no saltarte una sola comida), entendí mucho de mis compulsiones. Comer para mí es una actividad de supervivencia. Es sólo cuando cocino, cuando veo cocinar, cuando alguien más depende de que yo entre a la cocina, cuando le encuentro el gusto a un sabor, a trabajar un par de verduras de manera que sepan de tal o cual manera.

Cuando estoy sola… no me importa comer.

Codependence at its best.

Pero hay un punto en el que mi cuerpo ya no puede más. No descanso al dormir, me duele la espalda, la cabeza me retumba en la noche y oigo zumbidos. Se me duermen las piernas y la mano en la que apoyo la cabeza al dormir. Mi azúcar es un desastre. Una trampa mortal.

Hoy recordé que mi papá (un gran adicto a las dietas y a comer desproporcionadamente), solíamos ponernos en días de ayuno, sobre todo en Semana Santa. Luego él se ponía inseguro o extrañaba el alcohol o andaba mal en los negocios y se ponía en unas dietas ridículas. Sólo ajos por dos días. Sólo cebollas. Sólo jitomates y queso cottage. Sólo papaya. “Monodieta mija, todo está en este libro”. Ese libro fue uno de los primeros que regalé cuando él murió.

Alguien dijo de mí lo mismo cuando tenía 16 años, el novio de ese momento dijo: tengo una novia que siempre está a dieta.

Odio eso. Odio ser la señora gordita que siempre está a dieta.

Entré pensando que quería escribir un diario donde pudiera publicar mi compromiso para hacer ejercicio cotidianamente y comer tres veces al día, sin azúcar, sin chances en el intermedio, sin segundos platos.

Pero me aterra darme cuenta que este esfuerzo llega sólo cuando estoy en el tope de mi gordura y que aunque supe mantenerme en mi peso ideal por tres años, de alguna manera (el año que estuve deprimida con la pérdida del trabajo y la muerte de Kika) me enseñaron a comer no por supervivencia, si no por aburrimiento.

En fin… voy a intentar subirme al estúpido Wiiboard again. Por que sí, igual como me meto atracones de comida, me pongo unas friegas de ejercicio durante un día… y luego lo olvido.

3 Comentarios

  1. Özer

    >Si ya viste el número en la báscula y ya puedes decirte a tí misma "estoy gorda", llevas un buen de gane.Hace un año yo estaba en 81 kg, ahora estoy en 70 y sigo bajando tallas. Esto es lo que me funcionó:- Hacer equipo: El hubby y yo estamos en las mismas, así que tomamos las mismas medidas.- Dieta: Pero bien hecha. Consulta con un profesional, vale la pena. De hecho, no hay de otra.- Ejercicio: Doloroso, sudado, matador ejercicio. Por lo menos cuatro veces por semana, en sesiones de una hora y media mínimo. De nuevo, para mí no hay de otra. Y consulta también con un profesional, hay rutinas específicas para bajar de peso y SÍ funcionan. – Cambio de hábitos de manera permanente: El fin no es bajar 10 kilos, el fin es no volverlos a subir nunca en la vida, así que los cambios que hagas TIENEN que ser permanentes.Perdón por pontificar, pero como dicen los gringos, been there, done that.¡Los mejores deseos para tí!

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  2. Özer

    >Chale, ai voy de nuevo.Deseo que pronto llegues a sentir el placer de NO acabarte el plato de comida y decir "estoy satisfecha". Eso de darse cuenta del momento en que ya no necesitas más comida es fenomenal.Otro must son los snacks: Pepino, manzana o jícama a media mañana. Galletas integrales (dos nomás) a media tarde. Aunque no las desees en ese momento, ayudan muchísimo a no atracarse la siguiente comida.Ahhhh, y el dormir la noche entera, el sentir que tu cuerpo te responde como quieres, el olvidarte (sanamente) de la espalda y las rodillas… eso de quitarse un peso de encima es literal, para el cuerpo y la mente.Ora sí acabé 🙂

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