>Top gear, but not CAR

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OK, complicated as it is, no he escrito ahora que tengo tiempo para hacerlo. Pero debo mis varias historias bostonianas y mi salida de CAR.
¿Cuál debo contar primero? Tal vez por eso no las he escrito, porque no se pueden separar. Mis primeras vacaciones en más de 15 años están íntimamente ligadas a mi salida de la revista.

Moría de miedo de ir a Boston. Ver a Nat, ver qué tan bien está o comprobar que no lo estaba. Siempre tuve dudas, tengo 15 años creyendo que no está bien. No podía contra la costumbre. Moría de miedo de abandonar mi lugar en la oficina, ese que también me mataba todos los días por el simple hecho de tenerlo y jamás cumplir con las expectativas.

Odio la convivencia, por eso escribo. Escribir es un oficio que obliga a la poca convivencia pues hay que leer más tiempo del que se escribe o del que se construyen relaciones interpersonales.
Durante 12 años de vida laboral no había abandonado mi casa para ganarme la vida. Ocasionalmente di clases en otras aulas lejanas a mi sala, pero nunca de manera regular. Salía a tomar fotos, a entrevistar personas, pero eso sólo quita un par de horas al día y lo haces un par de veces al mes. Entonces vino mi mejor amiga desde que nací: Misses Joy.
Me encontré metida en la cama con ella desde las 12 de la noche hasta las 10 de la mañana cuando me levantaba casi sin fuerzas a preparar el desayuno. No lo comía yo, lo comía Rodrigo. Después él se iba y yo volvía a la cama hasta las 4 de la tarde cuando me levantaba sólo para intentar cubrir la presencia de Misses Joy durante el día y fingir que yo estaba en marcha. Así se me fueron un par de meses hasta que recordé lo que mi abuelo decía siempre: trabajar cura todos los males.
Yo trabajaba sí, y cobraba un cheque de vez en vez. Un cheque chiquito que no me obligaba a buscar más trabajo pues compraba lo necesario con él; chiquito, pero seguro.
En el ánimo de abandonar la dulce y amarga compañía de Misses Joy me puse una meta: trabajo de oficina por un año. A ver qué se siente, a ver si puedo ser como el resto de los mortales. Un año nomás.
Me puse a buscar trabajo y como pasa cuando te empeñas en obtener algo, yo busqué, y le trabajo también. Así que un día me encontré en Autoplus –donde mis pocas habilidades sociales combinadas con cuatro horas de tráfico– me empujaron a tirar la toalla e irme a CAR. Las mismas nulas habilidades sociales pero a 7 minutos en coche.
Por eso aguanté 11 meses.

Antes del 1º de noviembre, día en que tomé un taxi, dos maletas, dos cafés y dos aviones para llegar a los dos brazos de una Nati completa, mi existencia en CAR se había convertido en franca y totalmente hostil. Si saben de revistas de coches, y han leído este blog, se darán cuenta que estaba en el lugar equivocado. Lo mío no es publicar fotos y escribir párrafos para rellenar.
Así que me fui a lo que llaman la zona más culta de EUA y mientras lidiaba con mis miedos a la gente (y esta gente happens to be gringos) (which is worse), a alterar las costumbres de mi sobrina, al frío bostoniano, a perderme con una camioneta prestada… lentamente, bien despacitamente, aprendí a disfrutar mis primeras vacaciones.
Un día no salí de casa de Nat, evité las adictivas librerías harvardeñas, los multicoloridos árboles de la Nueva Inglaterra, el frío húmedo que congela la nariz e irrita las cutículas pero pone coloradas las mejillas y te hace sentir extrañamente vivo. Boston se quedó afuera, y como siempre, yo descansé conectándome a México gracias a la magia del msn. La oficina y el efecto de hoyo negro que había dejado con mi ausencia, permitió que todo mundo se relajara allá y que como siempre, yo acabara asumiendo culpas. Mi merecida pero inaceptable relajación había sido ultrajada por mi estúpida necesidad de controlarlo todo. … hasta un punto en el que todo se salió de control.
Me pasé el antepenúltimo día en Boston sabiendo que el siguiente viernes sería mi último día en esa oficina. Yo había planeado renunciar el 21 de diciembre, había hecho cuentas al respecto, pero se me olvidó que poner una idea en el aire es dejarla libre para que alguien más la atrape.

Whole Foods Market
¿Alguna vez han comido Clam Chowder? Es probablemente esa clases de sopa que si tu mamá pone en un plato frente a ti, todas las células Mafaldas de tu ser, se unirán solidarias a la causa argentina y evitarán comerla. Su apariencia es como la de un puré que quedó aguado, o un estofado que quedó blancuzco. Así de mal se ve. Está hecha con papas, cebollas, tocino y almejas. Yo no lo sabía, pero es uno de los platos tradicionales en New England.
Mi sobrina me llevó a Whole Foods Markets, que es un WalMart pero blame free y comimos en el food court del lugar. Había Clam Chowder y por mal que se viera, me serví un plato.
A-LE-LU-YA
Si quieren replicar este deliciosísimo desastre estético hay varias recetas en sitios internetianos. Aquí les paso la que me parece más cercana a lo que yo comí:
http://www.epicurious.com/recipes/food/views/104185
Es una lástima que sólo hubiera un día para comer Clam Chowder, adicta como soy, regresé por más pero no había, en su lugar una crema de zanahoria provocó que terminara comiendo somosas rellenas de espinacas. No fue mi mejor momento.

Hablando de adicciones, es una de esas grandes desiciones divinas que yo no haya nacido en cualquier major city of the USA. ¿Han visto esos programas donde una familia ha acumulado tantas cosas que ya no puede usar una o varias habitaciones? Bueno, el que se dedica a des-acumularlos por televisión se llama Peter Walsh. Acumular es la adicción que sustituye a la gordura en los titulares mediáticos gringos estos días, y está políticamente conectada con el calentamiento global, que ya ven que provoca ganar premios internacionales.
El caso es que si yo viviera en USA, saldría en Clean Sweep y Peter Walsh me obligaría a tirar libros.
Durante cuatro días Nat me llevó a tiendas de ropa (ropa usada, porque ni a ella ni a mí nos vuelve locas eso de gastar 400 dólares en una chamarra o 200 en unos jeans. Nos gusta más comprar un par de zapatos usados por 3 dólares, un abrigo por 7 y un sweater por 5). Durante esos cuatro días conseguí gastar menos de 100 dólares en varias t-shirts, un par de zapatos, dos sweateres, una chamarra y un par de comidas.
Pero llegó el día de ir a Brookline. Más específicos: al Barnes & Noble de Brookline. Mi sobrina sigue en shock por la cantidad que marcaba el boucher electrónico que no tuve que firmar.
En B&N hay una tarjeta de descuento que cuesta cerca de 30 dólares al año y ellos te descuentan un 15% de tus compras. Eso es la llave del mundo.

El avión de regreso
El aeropuerto de Boston, como he descubierto que son todos los aeropuertos gringos, tiene muy bien presentada el área internacional y terriblemente descuidad la nacional. Con razón todos los gringos no estáninteresados/subestiman/rechazan/odian a los extranjeros. Después de desvestirme en el punto de revisión, viajar en American Airlines donde, ya aclaré previamente, te cobran por respirar, entrar en estado zen para que la presencia de una mujer de 1.80 y tal vez 110 kilos de peso, acompañada por su hija de casi un metro de alto pero menos de dos años de edad, llegué a Miami.
Ya no estaba tan aterrorizada por el cambio de maletas, confiaba (no había de otra) en que la mujer que me atendió en el help desk tuviera razón y mis maletas llegaran directo a México. De cualquier manera me quise asegurar de que no se quedaran en Miami.
Así conocí a Charly, plomero bostoniano que estaba en conexión rumbo a Brazil. Conoce muchos brasileños, pues Boston está sobrepoblado de cariocas, y es la segunda vez que va. Estoy segura de que sus empleadas no han pisado esa tierra en años, pero él, gringo con pasaporte y visa, puede hacerlo.
Charly resultó un plomero educado que sabía quién es Paul Auster (que anda en mi hit parade estos días), García Marquez (que anda en el hit parade gringo estos días) y Octavio Paz (que dejó de estar en el hit parade cuando acabaron los 80).
La estancia en el aeropuerto miamita resultó ligeramente menos conflictiva gracias a la compañía. Mi avión despegaba a las 7, el suyo a las 7:15. Eran las 6. Tomamos un café y nos despedimos.

Señales gástricas, cómo aprender a leerlas
Moría de hambre, fui a un stand donde vendían bagels y me compré un Chicken Bolognesa. Le quité una de las tapas y la descomunal cucharada de aderezo saturado de sal. Tiré la basura y me senté. Puse mi iPod, abrí mi libro… ¿Es mi miedo a las multitudes o tengo agruras?
No podía concentrarme en leer, ni en la música, ni Café Tacvba pudo hacer que me relajara. Debo tener calor, pensé. Tengo que quitarme el abrigo. Si me lo quito no tendré dónde ponerlo. Voy al baño a cambiarme y guardo el abrigo en la maleta.
Caminé al baño. El estómago punzaba de una manera extraña, no recordaba una sensación igual. “Debe ser el miedo a las multitudes, a la gente. Debe ser eso. Vas a entrar al baño, te vas a quitar el abrigo, te vas a encerrar en la última puerta y te rociarás la cara con agua de rosas. No pasa nada, todo está bien”; me fui repitiendo los casi 100 metros de la sala de espera al sanitario. Abrí la puerta francamente mareada y un niño con el cierre abierto pasó corriendo embarrando sus manos llenas de orines en mi abrigo. Su madre gritaba al fondo. Corrí a última puerta del pasillo, el excusado estaba sucio. Enfrente, sucio. Al lado, igual. Cinco puertas más y encontré uno limpio. Desaborché mi abrigo y mi estómago no pidió permiso. De un solo golpe –pero con vergonzosa puntería- devolvió el bagel y el café que me acababa de tomar. “Carajo. ¿Quién vomita sin controlarlo y no ensucia el excusado? Soy una control freak”.
Ahí todo se reunió: CAR, Boston, las primeras vacaciones que tomaba desde que mi padre me llevó a Nueva York en diciembre de 1997 cuando me gradué de SOGEM. No soy capaz de identificar cuando ya di todo de mí. No puedo identificar que mi estómago no resistió el sabor del pollo bolognesa prefabricado y necesitaba expulsarlo. No soy capaz de entender que el trabajo es una cosa, y la vida otra. El 21 de diciembre debe acercarse más.

Como si todo estuviera planeado para aterrorizarme aún más, el avión de Miami a México despegó, sobrevoló la costa y regresó luego de 15 minutos en el aire alegando problemas en el navegador. Mientras descubrían que no podían arreglarlo, la gente de American Airlines mantuvo a los pasajeros (conmigo incluída) 45 minutos a bordo, después nos expulsaron a la sala de espera donde nos dieron un vale por 10 dólares para comer empanadas en un fast food cubano y dijeron que en una hora más sabríamos si nos iríamos esa noche a México o no.
Despegamos a la 1 de la mañana. Llegué a México a las 5.
Nada me pudo hacer más feliz que ver a mi marido otra vez.

Comfort Zone
No fui al día siguiente a la oficina, era jueves. Sabía que necesitaba prepararme para lo inevitable. Mi jefe estaba enojado conmigo, molesto, incómodo… y a diferencia de muchos editores en el mundo, mi jefe no soporta esas sensaciones.
Llegué a la oficina a las 7:30, trabajé y resolví pendientes que nunca me correspondieron pero que a lo largo de 11 meses me fui apropiando sin que nadie pusiera un alto.
A las 9 de la mañana mi jefe me llamó y me hizo una lista de reproches que culminaron conmigo manejando mi coche rumbo a mi casa a las 10:30 am. De pasajeros mis diccionarios, mi Optimus Prime, Perro-Pato y mi lámpara.
Se acabó la era CAR.
Una semana antes de irme de vacaciones soñé que al regresar de ellas no tendría trabajo. ¿Debí haberme quedado? ¿Debí haber cancelado mis vacaciones? ¿Debí haberme comido un bagel al que le quité la mitad de lo que pagué?
Tengo un par de semanas en casa. Por primera vez en casi año y medio no huele a acumulación de papeles, las superficies de las mesas y libreros están libres de clutter y polvo. Mis hijas no destruyen todo y Aacini está aprendiendo a no hacerse pipí en todos lados.
13 años de freelancera no se acaban por 16 meses de empleada, así que chamba hay. Tres horas de comp. Por 15 de casa y 3 de teléfono recordándole al mundo que existes, que escribes, que vale la pena que te encarguen ese texto a ti. Como sea, son 6 horas al día, no 10. Y el mismo dinero.
Es curioso como las rutinas te definen a ojos de los demás. Vivo atrapada en estereotipos: o soy escritora (alcohólica, drogadicta, bipolar), o soy ama de casa (que barre mientras hace yoga con la tele) o soy probadora de coches (que cobra un cheque a al quincena por fingir que probó un coche al límite -eso sólo lo hace Nosfi de Automóvil Panamericano-).

Aunque no me gusta viajar, me gustó ver a Nat. Aunque Boston está lleno de gringos, también está lleno de extranjeros que saben sacarle jugo a ese sistema. Aunque no me gustó la oficina, debo decir que mi meta inicial (patearle el trasero a Misses Joy y trabajar afuera durante un año) quedó más que superada.
Hace poquito escuché en el radio como una estudiante de comunicaciones (eso debe ser un oximoron) le preguntaba a la locutora cómo conseguir vender sus fotos. La locutora le decía que subiera su portafolio a un MySpace, que hiciera tarjetas de presentación con sus imágenes y que no subestimara la “autopromoción, autopromoción, autopromoción”.
Si algo aprendí en estos 16 meses es que esa palabrita se ha vuelto más valiosa que los resultados por los resultados. También que ser comunicador es una profesión alejadísima del oficio de escritor/periodista. También que aunque me aterra la gente, puedo sobrevivir con ella. Mas o menos.
Si algo aprendí de Boston, es que no hay mejor lugar para mi sobrina, que no hay mejor afición que la de los RedSoxs y que no hay mejor sopa que el Clam Chowder.

A ver cuánto dura la siguiente aventura… y a dónde me toca ir.

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