>Escape a Boston

>I.- El trámite
Odiamos a los gringos, ¿verdad? ¿Estamos todos de acuerdo en que no los tragamos, en que son simples, superficiales, intrascendentes, soberbios y egoístas verdad?
Curioso, porque las filas para sacar visa al país que los produce son interminables.
Hace un año me formé por primera vez en mi vida en esa fila. Hace muchos años, cuando obtuve mi primer visa, los periodistas mexicanos podrían obtenerla sin formarse y el privilegio era extensivo a los familiares menores de edad y esposas. Así tuve mi primer visa, que se suponía era vitalicia, luego tuve una indefinida, luego me la cambiaron por una que duraba 10 años, luego mi papá se murió, la visa caducó y me quedé sin visa.
Cuando entré a CAR parecía imprescindible que tuviera visa de periodista, aunque en Premiere, como en todas las demás editoriales de este país, no pagaban el papelito. Fui a formarme con Maqueo y el cónsul aceptó darme permiso de entrar a su país con la siguiente recomendación: “Estou no es para ir a Disneyland. Soulo para ir a trabajor”. Seeeee, seeee, casi le contesté.
La verdad es que no usé mi visa de trabajo en 11 meses. Nunca fui enviada a cubrir nada y lo agradezco profundamente. Es horrible viajar por tres días a San Diego, subirte a un avión, llegar a un hotel, saber que no vale la pena sacar tu ropa o tu desodorante de la maleta, dormir, manejar, comer, y subirte a otro avión.
En esas opulentas y desperdiciadas circunstancias estaba –porque hay que recordar que el papelito cuesta 100 dólares tramitarlo- cuando mi sobrina dijo: De regalo de cumpleaños te voy a regalar un boleto a Boston. A lo que yo propiamente contesté: ¡A huevo!
Tres días después me di cuenta que no tenía visa de turista.
He llorao… como si se me hubiera vuelto a perder mi triciclo Apache. Le conté el dilema a mi jefe y dijo, pedimos un coche, lo pruebas allá y ya es viaje de trabajo… Mi primera reacción fue agradecerle, pero mi corazoncito estaba todo jodido y puteado. Había accedido al chayo. Mi precio era vacacionar con disfraz de trabajo.
Hicimos el trámite, nos dieron el coche, armé maletas y me fui a la cama el 31 de octubre.
Entonces recordé lo mucho que odio viajar. Lo terriblemente ansiosa que me pone hacer conexión, documentar maletas, pasar por inspección. Lo insegura, vulnerable e inadecuada que me siento cuando pregunto algo, cuando me quito los zapatos para pasar los puntos de seguridad… ¿En qué carajos me había metido? Iba a trabajar en mis vacaciones, a volar tres horas y media a Miami, esperar una hora ahí y después volar otras casi 3 horas a Boston.
No cabe duda que quiero a Natalia.

II.- The actual, real thing, down to bussiness…
Llegué al aeropuerto a las 5 de la mañana. El avión salía a las 7:30. El Wings del aeropuerto de la Ciudad de México no está abierto y yo ya recorrí desde la puerta 29 hasta la 18 con mi pesada bolsa de mano que en realidad es una maleta in disguise. Espero en las sillas metálicas mientras imagino que mis hijas están dormidas en la cama, sin culpa, sin saber que sus padres están desmañanándose para comprarles croquetas. Cría perros… y se cagarán en tu almohada.

Mis enfrijoladas Veracruz están tan buenas como siempre, pero la falta de compañía habitual les concede un sabor plano y sin gracia. Entre el segundo bocado y el sorbo de café me falta Alberto Schmitter y su mirada tan sincera y honesta cuando pregunta: “¿Cómo estás?”; me falta Angela Pérez y sus silencios cómodos, donde sin necesidad de preámbulos agarramos al vuelo una conversación: “…pues el cierre me dejó frita, y no he podido ir a los yoguis…”; me faltan Lalo Polaco, David Loji, Carlos Sandoval, el tumulto del resto del cártel automotriz dando vueltas con sus cafés de Starbucks en las manos, preguntando a qué puerta nos toca ir.
Hoy me toca sola. Yo sola contra el avión.

El primero es operado por Méxicana. Asientos que no gozan de la amplitud de un sillón pero que resultan cómodos. La compañía queda a cargo de un matrimonio que va a un crucero a Las Bahamas con sus hijos adolescentes. Las enchiladas huelen bien, pero yo ya me comí unas antes. El café, un jugo de tomate, la azafata que pregunta si tienes frío. Acaba el vuelo, con mis formas en mano y la angustia atravesada en el cogote me formo en migración.
Miami, dicen, no es el primer mundo. Pueque tengan razón. Cuando dejé el aeropuerto de México se oía una versión como todas son, blandita y sin chiste de eso que perpetra Kenny G. Al aterrizar en Miami RBD reina en los altavoces. Después de ellos Shakira.
El agente de migración me pregunta a qué voy a Boston, le digo que a probar un coche, como sucede siempre se recita el discursito este de que mis amigos me deben odiar, que trabajo manejando cosas increíbles, que viajo, que los hoteles, que la envidia… yo a todo digo que sí y me guardo mis comentarios. Pone el sellito ese y parto por mis maletas. Casi a la mitad del camino.
American Airlines perdió este año 1,600 millones de dólares. MIL-SEIS-CIEN-TOS MI-LLO-NES DE DÓ-LA-RES. Mientras hago cuentas imaginarias de cómo se debe ver eso en una cuenta de banco, la azafata anuncia que en unos momentos pasará con el food cart to offer some snacks for three dolars, or turkey sandwich for five. Beverages and jueces are available for three dolars.
1,600 millones de dólares.
Charly, mi compañero de asiento, me platica sobre su viaja e Bahamas (Miami parece ser el limbro entre ese paraíso y este llamado no primer mundo). Me platica cómo vendió su empresa de refacciones y cómo se volvió a casar, qué hacen sus hijos, sus nietos, como North Carolina es el paraíso y en qué condiciones está el Dinalpine que quiere restaurar. “So, its fine, everything is fine… Im 90, and I got cancer, and life is good”.
FUCK… dicen los gringos.
El avión aterriza y Charly busca a su mujer que se sentó tres filas adelante. Mientras me angustio por si mis maletas consiguieron llegar de México a Boston vía Miami, pienso en Charly y los seis meses que le quedan de vida. Tiene 60 años más que yo. ¿Dónde están mis maletas? ¿Hará frío afuera? ¿Ya habrá llegado Nati? ¿Qué se sentirá llegar a los 90 años… con cáncer?
Una abalanza en forma de pinza me detiene y me provoca el llanto. Natalia está más bonita que hace un año. Y huele bonito. Y me vale el frío, y las 7 horas, y que no supe qué decirle a Charly.
Ya estoy en Boston. Quedan siete días por delante…

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