>La última palabra

>Cuando la prensa automotriz es convocada a atestiguar un lanzamiento, las armadoras, preocupadas por hacernos pasar un buen rato nos hospedan en un hotel de lujo, nos alimentan con comida gourmet y nos dan pequeños regalos… (que en mi tiempo se llamaban chayotes… pero parece que en estos días sólo es un nombre que no hace referencia a lo espinoso que resulta hacer migas con aquel a quien tienes obligación de criticar).
Ocupados como están los publirrelacionistas en llevarnos a lugares paradisíacos, suelen (no siempre) olvidarse de dejarnos probar el auto y terminamos manejando 40 kilómetros, a vuelta de rueda.
Luego de ese muy esforzado ejercicio por su parte (y lo digo sin ironía alguna, porque yo también fui RP), se ven en la necesidad de cruzar los dedos y esperar que no hablemos sobre los defectos que su producto, invariablemente tiene, y no porque sea malo, sino porque es absolutamente imposible que sea tan bueno como ellos están obligados a creer.
Los que nos dedicamos a esto tenemos que limitar nuestro lenguaje a palabras que describan lo que es ese auto en realidad. Debemos utilizar palabras que no ofendan a las marcas pues si lo hacemos, nos dejan de invitar a esas presentaciones… y no es que nos asuste perder el avión y un hotel cinco estrellas gratis, bueno, al menos a mí no me asusta. No me interesa el viaje, o el chayote, me interesa la noticia…
Un día alguien me preguntó por qué se enojan las marcas si decimos que la dirección es imprecisa, que si al final no les interesa que su público tenga claro qué producto va a comprar y así evitarse problemas posteriores. Le contesté que Coca-Cola jamás dirá en sus anuncios las consecuencias de lo que hace tomar su bebida todos los días. Me arremetió con un: ¿pero qué no se supone que las reseñas no son anuncios? Y de un trancazo me regresó a mis primeros días escribiendo. Por algo Periodismo y Mercadotecnia son, deberían, ser cosas distintas.

La verdad, es que tanto anuncios de agencias, como reseñas de revistas, opiniones de los medios, valen madre. Al final, los clientes se compran lo que querían comprarse desde que empezaron a mascar la idea de hacerlo. Gastan en el coche que les gustó en el anuncio, el que vieron en el garage del vecino, el que su papá les dijo que era bueno, y les importa un pepino si la marca dijo que la cajuela era más grnde de lo que es, o si olvidaron decir que los ABS eran opcionales, o si nosotros decimos que sería mejor que te compraras el rival directo.

Mario, mi vecino, usó durante años su Beetle Sport automático. Quería cambiar y no sabía qué comprarse. Le dijo al marido que vio una “Liberty 2005 bien bonita, con piel y CD y sin un rayón… pero no sé si eso o un Mini S”. Rodrigo aconsejó el Mini, yo igual, argumentamos la estabilidad y el agarre, porque a Mario le gusta la carretera. Ayer llegué a la casa y Mario me presumió su Liberty… y yo lo abracé y le dije viva, viva y somos muy felices.

Al final, el cliente se compra lo que se quería comprar. Y el esfuerzo de los RP por sus campañas y sus viajes, y nuestros esfuerzos por escribir y sacar fotos y cerrar la &@$# revista valen madre. Al final siempre podrá más la idea primera que la razón. Y ultimadamadremente, ¿qué no se supone que el cliente haga con su varo lo que quiera?, ¿qué no se supone que uno trabaja para comprarse –sí, lo que te alcanz, pero de eso– lo que se te da la gana?

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