>Electrónica Navidad

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Ayer desperté sin ganas de salir de la cama. Será el frío o las enormes cantidades de comida engullidas el 24, pero la cama estaba más sabrosa que nunca. Con todo y mis resistencias me levanté y vine a trabajar. Antes de salir de casa ya sabía que el Superama de Polanco se había vuelto flamantemente (en más de un sentido) famoso. La oficina está tan cerca del ahora célebre supermercado por lo que por mucho que la ciudad esté vacía yo encontré tráfico.
Como todas las mañanas leí a Germán Dehesa en su columna del Reforma. Hay días en que me resulta ininteligible, pero aún así me gusta su ritmo y me parece que le entienda o no, es como un café en papel virtual, parte de mi rutina mañanera.
Ayer el señor Dehesa quejábase consistentemente sobre la ausencia de lectores en estos “Días idiotas”. Lo de idiotas me parece lógico. Acá estoy en la oficina donde de 300 personas habremos, cuando más, 50. Todas picándonos los ojos de una manera brutal.
En mi caso particular me parece que estas no vacaciones me han caído bien. Tomando en cuenta que soy re-nueva en estos lares, y sigo siendo nueva en esto de ser empleada de nómina, más me vale no acostumbrarme a las burocráticas vacaciones hasta que las ansíe como todos los demás lo hacen.
Mientras, el Marido anda vacacionando en la casa, y gracias a los regalos de Santa Clos, anda jugando todo feliz por lugares virtuales de la red en conexión con un montón de gente a la que, por estas son mis pitas llama sin consideración alguna: ¡cabrón!

Mi señora madre, que está a punto de cumplir un año de haberse jubilado de vivir, tenía argumentos encendidos en contra de muchos aparatos electrónicos. El walkman, por ejemplo, le parecía una agresión en contra de la sociedad. “Con los audífonos puestos los adolescentes se aíslan todavía más y si de por sí es complicado hablar con ellos, ahora así, sin saber qué oyen y sin que te puedan oír…” Mamá tenía maneras muy extrañas, muy complejas, muy retorcidas de prohibirte las cosas. Yo terminé no sintiéndome incómoda con los audífonos puestos. No fue sino hasta que tuve necesidad de aislarme del entorno que me rodeaba que me sentí agusto con las minibocinitas esas enchufadas a las orejas.
Luego, de los videojuegos, Mora tenía más argumentos aún. Esos sí ya más escuchados que el anterior: que si atrofian los músculos ópticos, que si estar sentado todo el día sin convivir con nadie que la Caja Idiota conectada a otra caja más idiota aún, etcétera.

Hace unos días mi célebre y nunca bien ponderado sobrino Biz me dijo que leyó en un estudio que el cerebro trabaja casi en ralentí cuando vemos televisión. Esto es, it is merely on. Qué jodido. Yo debo confesar que con la tele me está pasando lo mismo que me pasó hace cuatro años con el cigarro: sin darme cuenta la enciendo, ya no me gusta, me aburre, me sabe mal, pero no me di cuenta y la prendí. ¿Y pos cómo apagarla?

La cosa es que los videojuegos y los audífonos ahora son otra cosa… un poco lo mismo sí, pero otra cosa. El Marido se sienta en su sillón y se coloca un volante sobre las piernas, enciende sin necesidad de pararse, la consola que está botada en el piso a un metro de él (y él mismo dice: ¿Ves? La tecnología nos hace huevones). Tras una serie de clicks consigue que una simulación de pista aparezca en la pantalla. Yo le pregunto: ¿En qué vas? Y él contesta: en un Ferrari de carreras. Las bocinas reproducen el sonido del mítico motor. El volante que carga sobre sus piernas vibra. ¿Estás jugando con alguien?, pregunto y pienso que si mi madre viviera y viera que no hay nadie más en la habitación pondría una carita de esas que parecían señales de advertencia sobre el fin de los tiempos. El Marido contesta: “Sí, un par de gringos y un alemán… ¡Cabrón!” Sucede que alguno de ellos lo chocó por detrás y ahora tiene que volver a agarrar rumbo. De vez en cuando las bocinas también permiten que oiga improperios o risas de esos gringos o de ese alemán. La consola de videojuegos ahora está conectada, como la Internet, y es una suerte de teléfono con tele y Project Gotham 3 (el juego que simula las carreras… lo aclaro porque sé que mis dos lectores –esto es, mis sobrinos y un par de misántropos electrónicos más, igual que yo, no saben qué carajos significa eso).

No sé qué diría mi ma. Sin duda le parecería bueno que ya no estén tan “solos” jugando, pero también diría que ahora que no están solos pasarán más tiempo pegados a la tele. Yo creo que la mamá tenía razón cuando decía que un día las personas viviríamos rodeados de máquinas fingiendo que no extrañamos a las personas. Sé que la mamá y yo somos, éramos, somos, raras.

Hace dos días, en mi ya quinto intento por aprender a jugar, me trepé el volante y escogí un Ariel Atom para aprender a correr virtualmente. Me molesta un poco lo irreal del juego en cuanto a los accidentes. Estoy segura de que como lo manejé, el Atom habría terminado con el motor reventado y sin suspensión, pero debo confesar festejé que por lo menos lo pude echar a andar.

He visto unos anuncios de una consola nueva que se llama Wii. El chiste es que puedes ocupar el control para interactuar dentro de la pantalla y usarlo como si fuera un palo de golf, un par de guantes en un ring, etc. El Marido dice que es una soberana estupidez, que si uno quisiera hacer un esfuerzo físico, lo haría sin necesidad de una interfase electrónica. Yo creo que si nos sobraran los miles que cuesta el Wii, no le importaría mucho…

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