>Pocos muertos, muchos cadáveres

>En el puritito ánimo de hacer puente largo, ando en las inmediaciones oficinescas dándole a la tecla y descubriendo que, aunque muchos trabajamos hoy, el trayecto de casa a Santa Fe en realidad toma 25 minutos. Conclusión: hay que inventar un estado a donde mandemos al Peje, la gest-APPO, y a toooooodititos los empleados del Sindicato de Trabajadores del Gobierno. Así los burócratas se levantarán al veinte para las 8 de la mañana para llegar 30 minutos tarde a sus oficinas, y los plantoneros negociarán cerrar calles y avenidas llevando a los primeros a un cierre necesario, ergo no habrá remesas para mandarles comida, ergo perecerán. Traducción: qué rechula es Reforma y cómo chongos la extrañaba.

Ayer arrivé al hogar rete cansada pero rete entusiasmada por poner el primer altar de muertos de mis apás. El generoso marido ya había hecho apuntes sobre los artículos necesarios y mi plan era llegar y ponerles juntos la ofrenda que tantos años puse con mi señora amá en las instalaciones del Claustro de Sor Juana en honor a sus muertos, los del Claustro y los de la mamá. Pos anda vete la sorpresa: el altar estaba puesto y yo solteme a chillar como si me hubiera comido cuatro rebanadas de pastel de chocolate, con chispas de chocolate y jarabe de chocolate.
Sobre la máquina de coser de la sala el marido puso un mantelito improvisado y una costura que bordé yo, pero que trazó su abuela. Un vasito de coca normal, uno de orange crush, las fotos de sus suegros (en la de mi papá aparezco yo a los tres años en la boda de la hermana mayor). El periódico del día de fondo, un costurero, una libreta, una pluma nice y bonita, un botón. No conforme con la diligencia, eficiencia y eficacia, Rodrigo me dejó ponerles la comida que él tan amorosamente preparó: frijoles charros para su suegra, carne muerta en salsa verde, la favorita de mi papá.
Comimos todos en el comedor y mientras veía las fotos de la familia que adornan toda una pared pensé que mis papás son muertos generosos, que su ausencia me dio lo que en vida no supimos encontrar: madurez. Pensé que si supieran cómo es mi día, estarían orgullosos de mí. Y que si es verdad eso que dice mi tía Lena, que los papás que viven del otro lado del cosmos son como versiones perfeccionadas de las que vivían acá- mis jefes podrían decirme eso que necesito oír, pero también sabrían aclarar de una manera cálida eso que no espero, pero me hace falta escuchar.
Ayer me vestí de luto tibetano, de flor de cempazúchitl. Hoy estoy de luto católico adornado de rojo fiesta. Extraño a mis papás… como si hubieran sido amigos que conocí en el kinder, con quienes viví nuestras primeras experiencias en todo y de repente se hubieran ido.
No he ido en cuatro años al panteón y no iré… Mi papá no iba a ver a sus papás, mi mamá no fue a ver a su papá. Yo no quiero pensar en sus cuerpos, que no son ellos, pudriéndose en condominios horizontales, porque de pudrirse, quiero pensar que mis padres lo hacen de alegría… y están naranjas como una flor de cempazúchitl.

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