>Los gustos… son para las garnachas

> Tenía 19 años cuando me inscribí en la Escuela de Escritores. Recuerdo que llegué igual como entré a la primaria: no sabía nada, y me intimidaban más los alumnos que los maestros. No pasó mucho tiempo para que entendiera que esto de escribir no sería negocio jamás, pero ese fatalista dogma fue constantemente combatido con otro de procedencia familiar: trabaja como burro.
El paso por SOGEM fue tortuoso, encantador, clarificante, contestatario. Como me ha sucedido en toda mi vida, sembré muchos amigos y coseché pocos. El más querido de todos, me hizo el gracioso chiste de morirse hace cinco años. No sólo me dejó con un amigo menos, me dejó con un maestro… miss menos. Mi primer clase con José Antonio Alcaraz fue un martes a las 7 de la noche. Desde las 5, hora en que entrábamos a la escuela, un par de compañeros estaban sudando frío. Alcaraz tenía, tiene, porque la fama no muere, reputación de ogro, de ojete, de cruel, de intolerante. Recuerdo perfecto que alguien me preguntó: “¿en serio no estás nerviosa?”. Yo contesté: “si conocieran a mi papá sabrían porqué no me impresiona ningún genio gritón”. José Antonio resultó pedante, sí; gruñón, también; pero sabia la miss, sabia.

La asignatura de Alcaraz era crítica. Me acuerdo que cuando empecé el semestre me pregunté muchas veces, ¿y yo para qué quiero saber cómo hacer el trabajo de un frustrado profesional? Si hubiera tenido una bola mágica para verme hoy…
Tuve la fortuna de no ser alumna del Gordo sólo en el aula, y él tuvo la generosidad de convertirme en su asistonta, alumna, e hija putativa (aunque nunca tan putativa como él hubiera querido). La convivencia me hizo entender que la crítica es como ponerse un par de lentes y salir a la vida con ellos. La visión será tan distinta, tan rica, que no querrás quitártelos.
No sé que diría la miss sobre mi nuevo trabajo, no sé que pensaría si leyera lo que hoy escribo. A él los coches le importaban exactamente un carajo. Si se pudiera menos que eso, eso le importaría. A mí, los coches per se, también me importan un carajo; es el efecto, el lado social, el artístico de los coches lo que me apasiona, Y ahora que me dedico 24×7 a ellos (porque una cosa es las horas nalga de la oficina, pero las demás, las libres, las vivo con EL car freak), me doy cuenta, 11 años después de graduarme que sí, que soy escritora. Que como me han dicho todos desde niña, esto es lo mío.

Hace unos días andaba probando un auto que tiene la suerte de gustarme. Como tengo que escribir de él me puse in a José Antonio state of mind, y saqué mi crítico interno. Empecé a verle los detallitos, fui anotando mi lista de me gusta, no me gusta. De camino a casa pasé a ver a una amiga, cuando vio el coche gritó: ¡Qué cosa más linda! Y luego entró al auto y empezó con las onomatopeyas de decepción: “ahhh pero le falta esto, aaaah pero no tiene tal, aaaah pero el asiento está tal, aaaah, aaaah, aaah…”
Su actitud me recordó la regla primera de la crítica: “Se tiene derecho a criticar no porque se pueda igualar el resultado de quien creó el objeto en cuestión; se critica porque la lejanía con el objeto te da capacidad de observación”. Y es que basta recordar lo que dicen los conocidos cuando llegas a casa con tu coche recién comprado. Sea el modelo que sea todos comentarán: felicidades, qué lindo, mira cuánto botón, salió bien barato, etc. En cambio, cuando manejamos sabiendo que no lo, somos capaces de verle todas las costuras y remiendos. Eso justo fue lo que le permitió a mi amiga ver más allá de la novedad, de la emoción, de la exclusividad de andar en un coche reciente.

El Emperador Galáctico, alias El Marido, escribió ayer una reseña sobre el Mègane Sedán (Si lo pronuncian bien no hay cacofonía). Mucho les agradeceré lo lean y disfruten de una reseña que si bien puede estar alejada de la opinión de algunos, o carece de compatibilidad de conceptos con otros críticos es absolutamente honesta. El Marido tiene la gracia de no ser amable, y tiene la suerte de saber que los defectos de algo o de alguien, no descalifica al objeto o a la persona. Los defectos son parte del todo, y el todo es lo que importa. De manera que cuando critica algo, no siente culpa al señalar sus defectos, pues para él, como para mí, mencionar las desventajas de cualquier cosa no es hacerle el feo, es cumplir con el rigor, con el honor que hay en ser sincero… en pocas palabras (perdón tía), en el honor que hay en no hacerse pendejo. Nomás que para no hacerse pendejo, sin cometer pecado de omisión de conciencia, hay que apegarse a la regla de la crítica nímero dos: “La capacidad de observación no debe ser sólo el efecto de la lejanía, pa’criticar fregón, hay que tener contexto”.

En el caso especifico de la reseña del Emperador, es innegable que al autor le sobra contexto, el problema de la crítica, y sobre todo de la que se ejerce en el mundo editorial mexicano no es la falta de críticos, es el exceso de amigos. Sucede que los escritores no conseguimos chamba por talento, porque el talento editorial es una cosa proporcional a los tequilas, parrandas, ligues, y mafias que se tengan en común con tal o cual personaje. Entonces, a quien le apasiona un tema, por ejemplo… el tejido, no consigue chamba tejiendo… no, mal ejemplo, Vogue Knitting no se imprime aquí… Entonces a quien le apasiona la literatura infantil, temrina escribiendo contenidos para TVNotas… porque ojo, como decía la miss: infantil no es sinónimo de pueril. Entonces, sucede que terminas escribiendo de cirugías plásticas y amantes bandidos, en vez de inventar una novela infantil que pegue con tubo y convierta al autor en multimillonario… ok, eso fue mucho, pero que convierta al autor en un ser humano rentable, contento, y lo más importante, leído (en los dos sentidos de la actividad).

Sucede pues, que estos días he lidiado con la crítica y sus efectos, las que salen de mi boca o mis textos, las que recibo de los demás y las que leo en otras firmas. Sucede pues que descubro con tristeza que no importan la experiencia, el conocimiento, la necesidad imperiosa y casi vital de comunicarnos, al final, cuando uno critica (ya sea cobrando al hacerlo o simplemente por gusto), termina olvidando las reglas del ejercicio.
Hoy, en aras conciliatorias, en memoria de mi Teacher y de mis hermanos putativos, quiero recordar la regla tres sobre la crítica: “Los gustos son para las garnachas”. La frase parece sin sentido, pero me cae que es la peritita verdad. No significa que no tengas derecho a que te guste tal o cual cosa y además a decirlo. Lo que quiere decir es que no puedes ejercer la crítica sólo desde los gustos. Necesitas todo lo demás, el contexto, la mala leche, la humildad y los tamaños de reconocer los aciertos (por que ¡ah como le pesa al mundo que uno vea el lado bueno!). Necesitas el gusto por criticar y ser criticado. Porque como decía Hugo Argüelles, no hay escritor sin ego; porque un ego bien puesto, un ego hasta tantito inflado, sin que te levante del piso, te permite no tener miedo de criticar. Porque como decía otra gran miss, Oscar Wilde: “la soberbia, es privilegio de los creativos”.

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