>Amibas pejistas

>Ojo: de ninguna manera estoy buscando calificar de amibas a los pejistas, ni de pejistas a las amibas. De lo que hablo es de una característica muy específica queme sucede hoy. Lo aclaro porque me parece grosero de cualquiera de las dos vías del comentario, para cualquiera de las dos partes. No creo que las amibas se sientan bien siendo pejistas, ni que los pejistas crean que son amibas.. sobre todo porque hoy, gracias a un encargo de mi no-jefe Jacobo, he redescubierto que las bacterias y los virus y los microorganismos pueden ser útiles…. y bueno, los pejistas no se ayudan ni a sí mismos.

Ahora cuento: Como es de todos sabido, o de muchos al menos, la mamá (que en la Parisina de los Cielos descanse, y en medio de muchas Singer esté), me heredó esta condición hipoglucémica que ella padeció después de parir cinco críos. Menudo esfuerzo. La hipoglucemia, según dice mi sobrino el listo, es como un hígado apendejao: pos se hace el guey, y luego le da la culpa de haber flojeado, y se acelera con la producción de insulina y pos siempre estás baja de azúcar. So, luego entonces, siempre tengo hambre, pero luego entonces, no puedo comer siempre, porque se me sube el azúcar, y entre más suba, pos más bajará, y luego para subirla, requiero de muuuuucha más azúcar y así y así y así, for the eternity and beyond.
Bajo esta condición vivo, y vivo bien, que quede claro. Como rete bien. Tengo mis permisitos para comer helado una vez a la semana – siempre y cuando luego no maneje – y en Navidad le entro con gusto a las delicias que preparan mi cuñada y mi suegra, que no son pocas, y al mismo tiempo nunca son suficientes.
Supongo que cuando uno vive así, y además padece la herencia motiana de sentirse Ordenador Universal, porque siempre se pueden hacer mejor las cosas (cómo no, díganme que sí, es que he estado enfermita), uno acaba culiapretada, multicuntendida, sucradeprimida, hambriada y mariada, y todo lo que termine en iada, como cachucha (diría Mota). Más, si uno le agrega esta condición cuasi rebelde de vivir a tres cuadras del plantón pejista y sentirse obligada a leer todos los diarios, oír todos los noticieros para intentar dilucidar alguna fecha para el ya tan esperado desalojo, que por más ganas echadas, será a la mala. Otro elemento al multicontendimiento: esto de ser oficinista por primera vez en la re%$%/*%/&(#$%/¡$¡% vida.

Pos así andaba yo cuando el martes, de la nada, que me mareo y empiezo ver doble todos mis esfuerzos. Dos artículos en el monitor, dos diseñadores, dos editores, dos jefes, y ahí me espanté. Mota como soy, decidí que no era nada, que un poquito de aire remediaría el mareo y ya. El mareo y yo tuvimos algo en común: la terquedad. Él a no quitarse, yo a no escucharlo. Así que al día siguiente y bajo la promesa de asistir a un compromiso laboral, me armé de valor y me subí al coche y manejé por estas calles lluviosas del señor Tlaloc. Por supuesto, por muy Mota que sea, a las 4 horas, entendí que valía la pena echarle humildad, meter el rabo entre las patas, ir al médico y pedir el día.
Enorme ventaja esta de tener servicio médico en la oficina. No sólo fui escoltada por el mejor personal de la oficina, sino que la galena que me atendió tuvo a su alcance cuanto estudio la empresa hizo previamente a mi contratación.
Mi esperanza estaba fijada en el glucómetro: que marcara bajo, decía yo, así sé que és y me lo quito de volada. Allá va doña Ana Lilia con su glucómetro y me pincha el dedo, y toma la gota de sangre y púmbale: 86. Valido hemos todos nosotros, me dije a mí y a todos mis representantes legales. Que el azúcar todo bien, que es algo más, dijo la doctora.
Tras exploración, diagnosticó: síndrome de colon irritado, colitis nerviosa, pues. Enfermedad de empleado Televisa dijo, no sé si para mi consuelo o mi preocupación. Subíme a mi cubículo, pastillas en mano y pedí la tarde libre.
Al día siguiente la batalla entre Mareo y yo saltó a su segundo round: y yo a que me iba a trabajar, y él a que no. En esas luchas estábamos cuando intenté andar por el pasillo a buscar mis llaves y por alguna razón, el piso se me movió y me lo fui a topar nada amigablemente, cara a cara. El Marido, hombre sabio, dijo, si vas a trabajar quiero que sepas que no estoy de acuerdo. Noooo, pus así ya no puedo. Uno puede ponerse con Mareo a las patadas, pero con Marido, para qué.
Llamó al médico. Vino el médico. Revisóme el médico. Y encontró unos pejistas el médico, en la calle, y en mi colon. “Es muy tensa usted ¿verdad? – Algo doctor, algo. – Y además come en la calle ¿verdad? – No señor, eso sí no. – Pues algo comió que le trajo unas amibitas por aquí… – !Auch¡ -… ¿Duele?- Poquito… – Pues si quiere irse de viaje el lunes como lo tiene planeado, me va a hacer favor de quedarse de residente permanente en el baño, unos tres días.” No transcribo lo que dije porque sé que con las altisonantes que oyen en los noticieros tienen… pero ahí imagínense una combinación de diputada perredista con maestro oaxaqueño.

Digo pues, que mis amibas son pejistas porque, aunque había señales de que organizarían algo en mi contra (vivo con dos hijas perrunas, he comido un par de veces fuera de la casa, cambié por completo de estilo de vida), yo desestimé su acción y dejé que se instalaran. Yo, que soy foxista, al igual que mi señor presidente, soy confiadota, confiadota, tolerantota, tolerantota, por no decir cobarde, me puse al diálogo con los microorganismos cuando ni traductor tenemos.
Debo aclarar que aquí la cosa cambia, la historia de mis amibas ya no comparte mucho con los plantones: mi gobernador local, osease, el Marido, que se pone las pilas y que le vale gorro y que me aplaca y que me manda al doctor. No ha sido por él… y ahí andaría yo todavía, a las luchas interminables y sin sentido, contra el Mareo.
Yo decía que no, que si el Marido un día consigue, como quiere, ser el Emperador Galáctico, el mundo perdería como el 60% de la poblaciónd e un jalón, los americanistas serían aniquilados por el mismo método y con la misma rapidez, y la televisión solo transmitiría programas de coches. Pero como que ya me está convenciendo su plataforma política… ¿y si elegimos al marido como Emperador galáctico… del DF?

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