>La verdad cósmica automotriz…

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Sí, ya lo sé desde ahora: en menos de un año voy a decir “la verdad automotriz es esta otra que acabo de descubrir”. Y cuando tenga unos 40 años diré “la verdad no puede ser automotriz” o “no hay más verdades que las automotrices. Pero mientras esas épocas llegan la verdad automotriz es esta:

Tengo un mes, una semana trabajando para MotorPress. Fui a una conferencia de prensa, a dos pruebas de manejo (Tiida y RDX ), llevo dos cierres editoriales y como… nueve revistas leídas de cabo a rabo (nomás en este tiempo, no en la vida), y unas 400 a 500 horas en internet investigando sobre coches. A eso hay que sumarle los cuatro años de entrenamiento con el marido ya la familia sateluca.
En todo este tiempo –los años previos y estos recientes días- siempre me pregunté, aunque medio entendía, porqué los carfreaks prefieren los coches ruidosos, chiquitos, difíciles para entrar y salir, con poca visibilidad y manuales. Mi medio entender concluía que porque son rápidos, y los hombres (perdón Leslie, Mara, Milka, etc.) están enfermos de quiero más.
Habiendo tanto carro grande, espacioso, altote para ver a los demás, silenciocitos, con harto huequito en los interiores y muuuucho más baratos, para qué querer un deportivo que te lleve a la oficina y de vuelta. Hoy, de camino a casa lo entendí todo. Pum. Así, como pararse en seco.

La salida de Televisa Santa Fe suele presentar tránsito pesado desde las seis de la tarde. Además del tránsito, padece de bachismo. Es una calle como todas las de la Ciudad de México. Hasta hace dos semanas manejaba sobre ellas en el Pollo, Geo Tracker 93, 80 HP con 95 de torque. Mi felicidad era total: la posición de manejo es alta, uno le ve la calva al vecino de adelante, no se angustia por la distancia entre coches ni para manejar, ni para estacionarse. Con todo y que suena como matraca (porque la capota, la puerta trasera, la llanta colgante y la suspensión terroríficamente dura), el Pollo tenía sus modos para mantenerme contenta. Eso de poder subir el techo y que te entrara el oasis en medio del tránsito; sonreírle al conductor vecino que veía al Pollito con curiosidad y algo de envidia; encontrarlo con una sola ojeada en los estacionamientos; ponerle 250 varos de gas y que durara más de siete días. Noblesote el Pollo, grandote, amarillote, bonachón. Con todo y sus más de diez años, jalaba.
Gracias a la mamá, a la prisa de sus hijos, a la ambición del notario, recibí el empujón que precipitó la ya impostergable venta del Pollo. Juro que de haber tenido más capital no lo vendía, pero pues eso de irse de aventón los viernes a la ofis, no rockea ni un ápice. Así que el Marido* se afanó en la búsqueda de un repuesto para el Pollazo y de un comprador también.
Al final Pollito se fue a las playas Acapulqueñas, donde vivirá con una familia que está consturyendo su casa de fin de semana en este puerto narcotrafiquero, priísta e internacional. Sí, el Pollo se merece otra playa, incluso otro país (donde se sepa quién será el presidente y donde los pedófilos no pasen por tanto trámite para ser declarados culpables), pero siquiera se va al nivel del mar, donde sus caballitos viejos y cansaous jalarán más el tiempo que les quede.
El repuesto se llama Bicho. Es un New Beetle Sport 2002, 150 HP, 162 de torque. El Bicho no sólo es más rápido, sino que es lujoso, cómodo, silenciosote, pero chaparro, no se le ve ningún borde, tampoco deja ver a los vecinos, ni a la calle, ni las distancias. Tiene quemacocos, así que no extraño tanto al Pollo. Las primeras semanas casi lo suelto en la calle y le pido disculpas por no saber manejarlo. De hecho, el mero día que lo recogimos lo solté en la bajada a Reforma desde Periférico y me subí al Pollo mientras el Marido se hacía cargo de consolar al nuevo integrante de la familia. Ahora las cosas son distintas.
E l primer gusto que me dio fue subir por Reforma sin que el motor hiciera tanto rrrrum. El Bicho no suena, pero además no necesita tanta pata para subir (por el torque, traducción para mi Tía Lena y mi sobrina Nat). Luego, cuando ya me estaba hartando de no encontrarlo tan fácil en el estacionamiento, me demostró que aunque hay muchos como él, sigue robando sonrisas en la calle. Además se suma una característica que creo ya había mencionado: los Beetles atienden en carácter a la palabra que los nombra, en las calles se juntan. Andan “volando” en grupo. Es casi inexplicable cómo pasa, pero pasa.
So entonces, hoy el Bicho me ha dado otro gusto (ya es como el vigésimo): me hizo entender porqué los coches rápidos son tan populares.

Un coche como el Tsuru, o el Chevy -tan populares en nuestro país- son rendidores, permiten que toda la familia viaje en ellos (la comodidad no es indispensable, la capacidad sí) y claro, son baratos. También son ruidosos, mal ensamblados, con materiales fellullones y, como no jalan, los conductores nos desesperamos y le pisamos al acelerador creyendo que responderán cuando solamente harán más ruido.
Si todos los que conducimos un coche como estos en la vida manejáramos, por ejemplo, la RDX, juraríamos estar en el cielo de los autos. Es bonita, lujosa, amplia, tiene todas las características de un coche caro (incluido el precio, por supuesto), no hace ruidos de deportivo jala como el frío las cobijas. Si en ese mismo día nos dieran a manejar un 911 Turbo como el que manejó mi jefe estos días, quedaríamos igual que él: loco y estático. La cosa esa jala como diablo en día de Apocalipsis. Es tan rápida que Primo juró se le caía el cerebro con los cambios de velocidad.
Pensemos que no tenemos problemas de dinero y que la tenencia no existe. Que vivimos en un país donde la economía familiar nos permite “regarla” al escoger un coche, que podemos escoger pensando en la experiencia de vida y no en el asquerosísimo varo. Con esto en mente, cuando al final del día nos preguntaran con cuál nos quedamos, primero diríamos que con el Porsche porque… es-un-Pors-che. Pero entonces las esposas, los hijos, la suegra dirían: ¿y dónde nos vamos a sentar nosotros?, ¿y cómo vas a pasar los topes de Satélite? ¿y los baches? Acabaríamos llevándonos la RDX.
El problema está en que con los años, y tras manejar autos iguales, nos acostumbraremos a su comodidad, a trato amable. Y un día, en la carretera, cuando vayamos a 180 km/h sin sentir la velocidad y el movimiento nos arrulle hasta entrecerrar los ojos diremos: hubiera escogido el Porsche.

Ahí está la verdad automotriz. Los superdeportivos son juguetes que nos hacen sentir grandes por dentro. Manejando tanto triste fierro con un volante tan chiquito somos poderosos. Pero con todo y que si no le abrimos el switch y le damos marcha no se mueven, éstos autos nos obligan a estar atentos, a ir con ellos, a no sólo ocuparlos. Jugamos junto con ellos, no sólo con ellos.
Aquí vale aclarar el segundo capítulo de esta verdad automotriz: los coches rápidos son incómodos por fortuna (así no te puedes dormir y matarte mientras intentas dominarlos), pero eso es mano divina del Creador, de la Fuerza, del Cosmos, no de los ingenieros. La naturaleza y sus factores sumados en aerodinámica, obliga a los creadores de estos autos a hacerlos chaparros, con el parabrisas rechiquito, los asientos tan cerrados, el tablero tan cargado de cositas que te ponen retenervioso. La Fuerza ha puesto de su parte para que las Ferrari (me vale, son viejas esos coches, por eso son tan bonitas), los Porsches, Lamborghinis y demás representantes de la velocidad sean así de insufribles, así de caras, así de inmanejables, así de inalcanzables para los mortales.

Ya escupí esta verdad. Ya me voy a la pista de arrancones de Tlane. Voy a disfrutar a mi Bicho, y la cara del Marido metiendo por primera vez un coche suyo a una pista de arrancones (único reducto legal que le dejan a los mexicanos citadinos para jalar sus motores).

*Ya va con mayúscula. Se lo ha ganado a pulso… además ya toda la oficina le dice así.

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