>Autodefensa mortal

>Hace mucho tiempo que no golpeo el teclado. Y es en estos días más que en muchos meses antes, que he sentido la necesidad de hacerlo. Aunque sé que este espacio es afortunado con sus pocas visitas, aún así me siento desnuda pensando en que mis ideas quedan acá, publicadas en el aire entre mi computadora y un satélite en el espacio.

Pero al mismo tiempome ilusiona el vouyerismo, el lector casual que pasa por aquí y termina enterándose de que mamá está muriendo y de cómo me hace sentir eso. Escritora al fin. “No hay escritor sin ego”, decía Ego Argüelles, Hugo, perdón, Hugo.

Así que me cuesta trabajo, pero mismo tiempo lo necesito. Escribir como hacer ejercicio, son dos cosas que me cuestan trabajo, y necesito desesperadamente.

Mamá sigue por estos lares. Cada vez más confundida y agotada, pero sigue aquí. Por muchas señales que leo en su cuerpo, la muerte sigue sin presentarse. Y el desgaste emocional comienza a hacer perforaciones en mi paciencia y mi tolerancia. La convivencia con esa hermana de la que no consigo recordar un sólo momento bueno, está a punto de hacerme explotar, a mí y a todas las demás. La insistencia de mi madre de permanecer en la casa de la única hija que la procuró un par de veces al año, en vez de cualquiera de las otras que, cuando menos, la buscamos una vez a la semana, nos vuelve locas. Pero como decía mi papá: la especialidad de tu madre, es ser feliz haciendo infeliz a los demás.

Durante años pensé que esa era una declaración demasiado fuerte. Luego, con el paso de los años, los insultos y los eventos dolorosos, entendí que, si bien mamá no es feliz con mi infelicidad (o la de cualquier otro) la infelicidad que provoca en otros, en especial en sus hijos, le otorga una culpa que redime a sus ojos todas sus acciones. Es algo así como lavar dinero: mamá ejecuta, mamá misma siente culpa, mamá se redime, mamá concluye que lo que hizo, aunque lastimara, estuvo bien hecho.

De la misma manera actúa su hija, la que hoy la hospeda después de no haberla procurado en años y de abiertamente rechazar la convivencia familiar. Dios las hace, el cáncer las junta.

En ese círculo de tensión, el resto de las hermanas nos encontramos atrapadas: queremos estar con mamá, después de todo, para nosotras, ha sido madre todos los días. Queremos ayudar con su convalecencia, cuidarla, hacerla sentir querida. Y mamá escoge que el escenario de sus últimos días sea el único donde sus hijas, las que la procuramos con regularidad, no somos bienvenidas, mucho menos comprendidas.

Hoy, como ha sucedido en muchas otras ocasiones, me hace falta mi papá. Con su objetividad amorosa que por desgracia, hasta ahora comprendo. Me hace falta que me recuerde que mi amor por mamá puede ser usado en mi contra, y que por mucho que me lastimen los eventos de estos días, ninguno de ellos es culpa mía, ni tienen que ver conmigo, sino con esa locura que siempre envolvió a mamá, a ese hermana distante, y a la mayor.

Me hacen falta herramientas (y tiempo para usarlas) para pasar por este bardo.

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