>Cuando lo sencillo es lo mas complicado

>Empezaré diciendo que estoy harta. Harta de que llueva y de que haga frío. Harta de que me moleste el clima, sabiendo que yo tengo la fortuna de tener casa y de no estar esperando un huracán, o reconstruyendo un techo. Harta de que la tele exponga el sufrimiento ajeno en aras del raiting. HARTA.

Y en esas circunstancias de hartazgo social, me resulta muy difícil validar mi inconformidad ante la espectacularidad de la tecnología. ¿Porque a estas alturas del clima y los huracanes, quién carajos soy yo para quejarme porque tengo un celular nuevo? ¿Qué clase de patraña es esa?

La patraña es que el celular no tiene la culpa, soy yo la que tiene un chip descompuesto. Tengo 28 años, y vivo en un mundo donde la tecnología me sobrepasa. Sobretodo en lo que se refiere a la telefonía celular. Me parece una cosa de terror, que un satélite a cientos de miles de kilómetros esté conectado a mi teléfono y no sólo me permita hablar con mi marido, sino que, además, ahora me permita conectarme a Internet. DEN-ME-UN-SE-GUN-DO. Todavía no entiendo bien a bien el asunto de Internet, me aburma la idea de miles y miles de conceptos viajando por el aire entre mi hub de wireless y mi computadora… eso, cuando no imagino lo que pasa afuera, en el cielo. Estoy respirando señales de internet! Alguien por allá, quien sabe dónde, está leyendo al vida de López Obrador, o investigando sobre la última (ojalá) novela de Angeles Mastreta y yo, sin deberla ni temerla, estoy respirando esas señales! Es inaudito.

Y ahora resulta que mi teléfono celular, un aparato que sólo me daba la dicha de saber a qué hora saldría mi marido de la oficina, me da dichas que rayan en el terror psicológico: toma fotos, graba video, y se conecta a internet. Y a mí, todo eso me da culpa, porque pienso en la cantidad de cosas que hace el pobre, y yo sólo lo ocupo para preguntarle a mi marido a qué hora sale.

La tecnología, me tiene aislada y temerosa. De la misma manera en que Dakota Fanning me produce un miedo creciente en la base del cráneo (La niña tiene 9 años y ha protagonizado todo. Cuando tenga 16 será dueña del mundo.)

Con esta invasión de señales, me pongo a pensar en Howard Huges (a quién, para colmo, le debemos la tele satelital). ¿Qué sentiría el señor Huges si su OCD le hiciera pensar en las señales en el aire?

Un desastre… un desastre.

Lo único bueno del teléfno nuevo, es que mi marido se aparece cuando me llama.

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