>In a Sateluco state of mind

>Termino ahora de leer el más reciente ejemplar de la revista dF cuyo tema principal es el “ser sateluco”. Y al cerrar la revista, no puedo evitar sentirme emocionada y agradecida: siendo un tema de acaloradas conversaciones, nadie había logrado un acercamiento tan profundo.

Y es que Satélite para mí es hoy una realidad cotidiana, incluso en mi departamento a dos cuadras del Ángel de la Independencia, en plena Cuauhtémoc. Satélite vive en mi corazón y duerme en mi cama, aunque no nací allá.

Yo nací en Miraflores, Tlalnepantla. Y en mi percepción infantil, nací siendo una semiburguesa riquilla, hija de papá empresario y periodista influyente. A los cuatro años y centavos nos mudamos al mero centro de la Ciudad de México: cruce de Insurgentes y Reforma, para ser precisos. Y en ese transitado sitio viví lo que faltaba de mi niñez y mi adolescencia. Cuando mis padres se divorciaron, convertí el corredor del Monumento a Cuauhtémoc al Angel en mi patio: mis padres vivían en cada extremo.
Con padre periodista y madre teóloga/terapeuta, crecí entre escritores y filósofos. Mi salón de juegos fue el patio central del Claustro de Sor Juana donde Tita Romero le daba clase a mi madre. Mi comedor, el restaurante del Banco de México, donde papá tenía citas de trabajo todos los días.
Crecí como todos los chilangos: amando al DF y añorando irme de aquí. Asumí, influenciada por esta vida de toques intelectuales, que el futuro tendría parada por Miguel Ángel de Quevedo y que me daría una vida coyoacanense. Persiguiendo mi profecía, y ya encarrilada en el oficio de ser intelectual, me inscribí en la Escuela de Escritores y me fui moldeando al modo de ser sureño. Así se me fueron los primeros 24 años de mi vida. Con novios sureños, con amigos sureños, con ganas de algún día jugar dominó con Leñero o de irme a emborrachar a la Guadalupana con mis maestros. Pero no pude. Siempre me sentí menos leída que todos, menos estudiada que todos, menos sureña que todos. Y aunque las discusiones literarias solían arrojar distintos resultados sobre mi competencia intelectual, yo seguía sintiéndome poca cosa para el sur.
Todo ese wanabe sureño siguió hasta que un día, uno de mis amigos sureños, cumplía años de casado con su esposa sureña y organizó una fiesta donde conocí a un sateluco que me arrebató suspiros con anécdotas incomprensibles y un modo de manejar muy particular. Casi dos años después, el sateluco de mis amores, dejó su terruño norteño para mudarse conmigo al Centro de la Ciudad.


UNA FIESTA WANABE SUREÑA EN MI DEPTO DE LA CUAUHTEMOC. COMO VEN, DOS FRIDAS, UN VANGOGH, UN KANDINSKY, EL SANTO Y LORENA VELAZQUEZ. YO IBA DE WARHOL, EL SATELUCO DE MIS AMORES DE UNO DE MIS POEMAS. LOS OTROS DOS DE PERSONAJE DE COMIC.

En el transcurso de esos dos años asistí por vez primera a una fiesta sin música de prostesta o rock sesentero. Sin tequila del mejor ni discusiones rinconeras donde Kafka daba por unmillonésima vez, un gancho al hígado a Sartre entre varios pugilistas chocolatos. En Satélite las fiestas se ambientan con Bacardí Blanco y al son de los mejores éxitos del hoy extinto OV7. Yo nunca había oído pop en español en público. Sabía que algunos sureños lo oían, pero en la misma intimidad en que se ejerce la masturbación: a escondidas y sin contarle a nadie, a menos que lo vuelvas un cuento mórbido y medio macabro.


UNA FIESTA, NETAMENTE SATELUCA, AUNQUE FUE LLEVADA A CABO EN ARBOLEDAS… LAS FIESTAS SATELUCAS NO NECESITAN PRETEXTO. NORMALMENTE SE FESTEJAN CUMPLEAÑOS, PERO LA VERDAD ES QUE NO HACE FALTA FECHA, TAMPOCO TEMA. LO IMPORTANTE ES QUE HAYA JARDIN, ALCOHOL, Y MUSICA. YO SOY LA DE CUADROS, EL SATELUCO ESTA ATRAS DE MI.

No diré que me sentí cómoda. El choque cultural fue abrumador: no entendí ninguna conversación durante las primeras tres fiestas. Era una completa ignorante en el arte del tunning, la Fórmula 1 y el mundo automovilístico en general. Tampoco sabía cómo llegar al Oxxo más cercano sin perderme en los circuitos. Todavía me cuesta trabajo llevar a cabo la única indicación vial que los satelucos me han dado: deja que el circuito te lleve.

Sin embargo, nunca me he topado con un sateluco que no tenga ánimo de explicarme algo, o que me vea con cara altiva y desesperada, pero ansiosa por corregirme, cuando no entiendo una conversación. Tampoco he recibido comentarios chapuceros, o trampas lingüísticas cuando propongo un tema que para ellos sea desconocido. No tienen vergüenza de reconocer que no saben y demuestran su entusiasmo por aprenderlo. La mayor parte de las veces, terminan dándome clases sobre un montón de cosas. Incluso de literatura.

El precio de mudar mi fidelidad cultural fue caro: hoy ya no tengo amigos sureños. Ni uno quedó. Se fueron yendo poco a poco. El primero en irse fue aquel que me presentó al sateluco de mis amores. Sigo creyendo que, en parte, fue porque no ha dejado de ser sateluco de clóset, y anda por la vida escondiendo su pasado fresa, fingiendo haber sido siempre sureño.
Tuve otra amiga que cada vez que mencioné que su marido fue sateluco, buscó la manera de cambiar la conversación y enfocarla en mi vergonzante calidad de Sateluco-by marriage.

Me quedé con las ganas de oírle decir al maestro Leñero: ¡sopita de fideo! Pero el corazón se me consuela cada que veo al Meme salir de Calacoaya en su Peugot cereza.

Yo no tengo recuerdo alguno del Apolo, ni comí en Los Comerciales. Y de la Zona Azul sólo sé que hay unos helados resabrosos que ya no puedo comer, según indicaciones médicas. Conozco de vista las Aguas, y a la mitad de las generaciones del Tomas Jefferson. En resumen: que yo de Satélite no tengo nada, más que al civil que me robé. Y, en consecuencia, cada fin me encamino a Las Torres y las admiro tanto como admito vivir a dos pasos del Angel. Y como las dos, juntas, a la par, together, son mi chilanguismo personal.

Si bien Satélite no me vio nacer, sí me rehizo. Me reinventó como soy ahora: oyendo música de banda sin culpa, a la mitad de un jardín de Oradores, con un Torres con Coca en la mano y un libro en la otra. A los satelucos nunca les ha importado que sigua siendo un poco sureña, y un mucho chilanga.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. >Jajaja, qué gusto leer por fin, a alguien que no tiene ningún complejo de superioridad ante los satelucos. Yo debo confesar que parte de mi niñez la pasé en el Circuito Cronistas, en casa de mi bisabuela, y que ahí aprendí mucho sobre el “Ser Sateluco” aunque tampoco viví allá nunca. Entre otras cosas, Satélite nos ha dado grandes músicos, uno de ellos, mi amigo del alma, Pascual, que me ha dicho verdades que sólo ellos saben decir y sí, sin hacer aspavientos de su azotadez o su profundidad filosófica. El agua no se anda cuestionando su condición líquida y sigue siendo agua así, sin más.Bien por este texto y doble bien por tu mareado sateluco.Viva la Zona Azul!!!Mika

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